La mañana del jueves irrumpió con un cielo plomizo y una neblina pesada que parecía aplastar los techos de cristal del distrito de diseño.
El aire dentro de la sede principal de Tiempo Recobrado ya no vibraba con la sinfonía limpia de los talleres; estaba saturado de un pánico eléctrico y sordo.
Las líneas telefónicas de la central de atención internacional parpadeaban en un rojo frenético, y el sonido de los teclados repicaba como una ráfaga de ametralladora en el área operativa.
Seraphina Sin