La sede de la delegación latinoamericana de la Fédération Internationale de la Haute Joaillerie ocupaba un palacete de arquitectura neoclásica en el sector más exclusivo de la ciudad.
El aire en el salón principal era denso, impregnado del aroma a madera de nogal encerada, alfombras persas y la opulencia rancia de una élite fiduciaria que controlaba el acceso a los mercados de lujo europeos.
Allí se decidían, a puerta cerrada, los nombres de las firmas que tendrían el honor de competir en el De