La madrugada en el triplex de la Torre Blackwood no traía consigo la paz, sino una quietud densa, cargada de una vibración eléctrica que se filtraba por debajo de las puertas dobles de las habitaciones.
A las tres de la mañana, el silencio sepulcral del ala norte solo era interrumpido por el rítmico y metálico desbaste de la gubia de titanio de Seraphina en el taller provisional.
La luz blanca de su flexo de diseño recortaba su silueta contra los ventanales tapados por la niebla invernal; se ha