El amanecer sobre las islas flotantes del Consejo era distinto a cualquier otro. No había un sol claro, sino un mosaico de corrientes lumínicas que formaban auroras en el cielo, reflejándose en las aguas infinitas que se extendían debajo. Ysera permanecía en pie sobre uno de los balcones de cristal, el cabello suelto, los ojos dorados clavados en el horizonte. Dormir era imposible después de la visión de Adelia que había recibido en sueños.
Detrás de ella, algunos de los vampiros aguardaban en