Los cielos sobre el continente occidental eran distintos. No tan oscuros como en el este donde el Vacío tejía su red de sombras, pero sí más impredecibles. El viento cambiaba de dirección sin aviso, los rayos caían sin tormenta visible y las nubes formaban símbolos que solo los sabios antiguos se atreverían a interpretar.
Ysera volaba entre esos cielos.
Su forma dracónica, majestuosa y roja como una puesta de sol en guerra, surcaba el aire seguida por una formación ordenada de criaturas aladas,