La mañana emergió envuelta en un silencio sobrenatural.
No era la calma de la naturaleza. Era la ausencia de vida.
El canto de las aves, el susurro de las hojas, incluso el murmullo del viento habían desaparecido. Adelia se incorporó de golpe, con la piedra guía palpitando como si tuviera su propio pulso. A su lado, Ethan también despertó con el ceño fruncido.
—¿Lo sientes? —preguntó ella en voz baja.
—Sí —respondió él, tomando su espada—. No es natural.
Kal ya estaba en pie, espada al cinto y