Esa mañana, Adelia fue despertada temprano por las doncellas ninfas. Había dormido apenas dos horas, y en su escaso descanso, las pesadillas la atormentaron sin tregua. Su cuerpo estaba exhausto y sus ojeras eran tan marcadas que ni los cuidados mágicos de las ninfas podían disimularlas del todo. Sentía un vacío en el estómago, no solo por el hambre acumulada del día anterior —ya que no había comido nada— sino también por la ansiedad que la consumía.
Las doncellas le ofrecieron el desayuno en un