Ellos se quedaron solos en los jardines del santuario. Ethan no soltó la mano de Adelia. Su contacto era un puente silencioso entre todo lo que habían sobrevivido y lo que, sin palabras, estaban dispuestos a construir.
Caminaron por los senderos encantados, envueltos en la luz plateada de la luna y las tonalidades bioluminiscentes de las plantas mágicas. El aire estaba tibio, cargado con el susurro de la noche y los sonidos rítmicos de insectos que parecían entonar una melodía sólo para ellos.