El viento había cambiado. No soplaba como lo hacía antes, con su ritmo regular de invierno. Ahora llegaba en ráfagas irregulares, cargadas de susurros, como si el bosque hablara en voz baja sobre secretos demasiado antiguos para los oídos humanos.
Adelia lo sintió desde el amanecer. Su cuerpo reaccionaba antes que su mente, como si algo en su sangre ancestral vibrara en sintonía con el peligro.
Marian permanecía en la biblioteca subterránea, protegida por runas y bajo la custodia silenciosa de