Yo estaba convencida de que algunas personas nacían con el talento natural de resultar molestas.
Y Gareth era una de ellas.
Llevaba algunas semanas trabajando en las caballerizas.
Durante una semana ese hombre había encontrado cualquier excusa posible para aparecer cerca de mí.
Primero fueron conversaciones.
Luego preguntas.
Después cumplidos que yo jamás había pedido.
Y finalmente aquella sonrisa insistente que comenzaba a cansarme.
—Buenos días, Elena.
La voz apareció detrás de mí.
Otra vez.