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Capítulo 2: La Habitación Más Alejada

La habitación era más grande que toda la casa donde había crecido.

Los muros estaban cubiertos por tapices finamente bordados. La cama era enorme, con cortinas color marfil y mantas tan suaves que parecían hechas de nubes. Incluso la ventana ocupaba casi toda una pared, ofreciendo una vista privilegiada de los jardines del castillo.

Cualquier otra persona habría considerado aquel lugar un privilegio.

Pero para mí nada de eso importaba.

Seguía siendo una prisionera.

La diferencia entre una celda y aquella habitación era únicamente el tamaño.

El contrato seguía firmado.

Mi libertad seguía perdida.

Y mi familia seguía lejos.

Suspiré mientras observaba la lluvia golpear los cristales.

Llevaba dos días encerrada allí.

Dos días sin noticias.

Dos días intentando comprender qué había ocurrido en el salón principal.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a recordar aquel instante.

El roce.

La descarga.

La forma en que los ojos del Alfa habían cambiado.

La expresión de sorpresa que apenas había durado un segundo antes de convertirse en rabia.

Porque sí.

Había sido rabia.

Estaba completamente segura.

Algo había ocurrido cuando él me tocó.

Algo importante.

Y aun así, no entendía qué.

Lo único que sabía era que el hombre que había amenazado a mi familia había cambiado de actitud de un momento a otro.

No me había enviado a los calabozos.

No me había castigado.

No me había humillado más.

Simplemente me había apartado.

Como si no quisiera verme.

Aquello debería haberme tranquilizado.

Pero solo conseguía inquietarme más.

Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos.

Mi cuerpo entero se tensó.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

El Rey Alfa.

Seguramente era él.

Sentí que el aire me faltaba.

Durante dos días estuve esperando su visita.

No porque quisiera verlo.

Sino porque sabía que tarde o temprano aparecería para recordarme cuál era mi lugar.

Enderecé mi espalda.

Preparándome.

La puerta se abrió.

Y no era el Alfa.

Era el hombre que lo había acompañado el día del contrato.

Alto.

De hombros anchos.

Cabello oscuro.

Una sonrisa traviesa.

Y una bandeja repleta de comida.

 Parpadeé confundida.

El desconocido también me observó durante unos segundos.

Luego señaló la ventana.

—Vaya.

Fruncí el ceño.

— ¿Qué?

—Pensé que encontraría una prisionera planeando escapar.

Miré la lluvia.

— ¿Y qué encontraste?

El hombre sonrió.

—Una mujer observando tormentas con cara de querer asesinar a alguien.

A pesar de mi misma, sentí que una sonrisa intentaba escapar.

La reprimí inmediatamente.

El desconocido levantó una mano triunfante.

—Lo sabía.

— ¿Qué cosa?

—Que sí sabes sonreír.

Rodé mis ojos.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Entró sin esperar invitación.

Como si aquella habitación también le perteneciera.

Depositó la bandeja sobre una pequeña mesa cercana.

—Rowan.

— ¿Perdón?

—Mi nombre.

Lo observé.

Por primera vez desde que había llegado al castillo, alguien se había presentado.

No me había llamado omega.

No me había llamado prisionera.

No me había tratado como una molestia.

Simplemente se había presentado.

—Elena.

—Mucho gusto, Elena.

Hubo una breve pausa.

— ¿Siempre entras así en habitaciones ajenas?

Rowan fingió pensar la respuesta.

—Solo cuando sospecho que alguien está considerando usar una silla como arma.

Solté una pequeña risa.

Y el simple sonido me sorprendió.

No recordaba la última vez que había reído.

Rowan pareció notarlo.

—Mucho mejor.

— ¿Qué?

—La risa.

Te queda mejor que la cara de funeral.

—Qué amable.

—Lo intento.

—No mucho.

—Lo suficiente.

Negué con la cabeza.

Definitivamente hablaba demasiado.

Y, por extraño que resultara, eso hacía que la habitación se sintiera menos vacía.

Rowan tomó una manzana de la bandeja.

— ¿Ya comiste?

—Sí.

—Mentira.

— ¿Cómo lo sabes?

—Porque esa respuesta siempre significa no.

Terminé riendo otra vez.

Y durante unos segundos olvidé que estaba atrapada allí.

Solo unos segundos.

Pero fueron suficientes.

En otra parte del castillo, El rey Alfa estaba perdiendo la paciencia.

Por tercera vez intentó leer el mismo informe.

Por tercera vez terminó mirando la misma línea sin comprender una sola palabra.

Apretó los dientes.

Volvió a empezar.

Inútil.

Su mente regresaba una y otra vez al mismo recuerdo.

Una mano pequeña.

Un aroma a fresas silvestres.

Y una palabra que llevaba dos días atormentándolo.

Mate.

Maldición.

Se puso de pie abruptamente.

Comenzó a caminar por el despacho.

Necesitaba concentrarse.

Necesitaba recuperar el control.

Necesitaba dejar de pensar en ella.

Porque eso era exactamente lo que estaba haciendo.

Pensar en ella.

Una prisionera.

Una omega.

Una desconocida.

Su mate.

Y, por alguna razón incomprensible, no lograba sacarla de su cabeza.

La puerta se abrió.

Asher ni siquiera necesitó levantar la vista.

— ¿Qué quieres, Rowan?

—Venía a comprobar si seguías de mal humor.

—Entonces ya puedes irte.

—Perfecto.

Rowan tomó asiento.

Asher cerró los ojos.

— ¿Por qué sigues aquí?

—Porque nunca me escuchas cuando me voy.

Maldito Rowan.

—Habla.

—Acabo de conocer a la omega.

Silencio.

Asher levantó lentamente la mirada.

— ¿Y?

—Nada.

Rowan sonrió.

—Me cayó bien.

Por algún motivo que no logró comprender, aquellas palabras le irritaron más de lo que deberían.

—No recuerdo haberte pedido tu opinión.

—Y yo no recuerdo haberte pedido permiso para darla.

—Es una prisionera de la manada.

—También es una persona.

Asher apoyó ambas manos sobre el escritorio.

— ¿Terminaste?

—Todavía no.

Por supuesto que no.

—Está sola.

—Está viva.

—Eso no fue lo que dije.

El silencio llenó la habitación.

Rowan observó a su amigo durante unos segundos.

Luego cruzó los brazos.

— ¿Qué ocurrió en el salón?

La pregunta cayó como una piedra.

Asher se quedó inmóvil.

—Nada.

—Claro.

—Nada que te importe.

—Entonces definitivamente ocurrió algo.

Asher apretó la mandíbula.

—Déjalo.

Rowan lo estudió durante unos segundos más.

Y entonces sonrió.

Lentamente.

Como alguien que acababa de encontrar una pieza importante de un rompecabezas.

—Interesante.

— ¿Qué es interesante?

—Tú.

—Lárgate.

—Ya me voy.

Rowan se levantó.

Caminó hacia la puerta.

Y justo antes de salir se giró.

—Por cierto.

Asher ya sabía que iba a arrepentirse.

— ¿Qué?

—Es bonita.

La irritación atravesó a Asher de forma instantánea.

Violenta.

Y precisamente por eso le molestó todavía más.

¿Y a él qué demonios le importaba?

El tintero impactó contra la puerta cerrada un segundo después.

El ruido resonó por todo el despacho.

Desde el otro lado llegó una carcajada.

Asher cerró los ojos.

Y deseó que el destino se hubiera equivocado.

Porque si aquella omega era su mate...

Su vida acababa de complicarse mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

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