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El frío del mármol calaba mis rodillas desnudas, pero el verdadero hielo estaba en el ambiente de aquel salón.
Mantenía la mirada fija en el suelo, obligándome a respirar despacio para que los guardias de la manada rival no notaran cuánto me temblaban las manos.
Sabía perfectamente a lo que venía.
Sabía exactamente lo que estaba entregando.
Mi libertad.
Apreté los puños sobre mis piernas para evitar que el miedo me dominara.
A mi alrededor, decenas de ojos me observaban.
Algunos con curiosidad.
Otros con desprecio.
Otros con una satisfacción que me revolvía el estómago.
Era la omega de una manada derrotada.
La hija de un alfa que ya no tenía poder suficiente para proteger a los suyos.
Como parte del tratado de paz impuesto tras la guerra, nuestra manada debía entregar un rehén de sangre al Alfa vencedor. Era la garantía de que nunca volveríamos a levantarnos contra él.
El sacrificio que mantenía con vida a mi familia.
Tragué saliva.
Pensé en mis hermanos.
En sus rostros cuando me despedí.
En mi madre intentando ocultar las lágrimas.
En las palabras de mi padre antes de partir.
"Sobrevive."
Solo eso.
Sobrevive.
Si entregar mi libertad significaba que ellos vivirían...
Entonces lo haría.
Aunque me costara todo.
Los murmullos cesaron abruptamente.
El pesado portón de roble se abrió de par en par.
El silencio se volvió sepulcral.
El aire pareció quedarse inmóvil.
Levanté apenas la mirada.
Dos hombres entraron al salón.
El primero capturó toda la atención.
Alto.
Imponente.
Vestido completamente de negro.
Cada paso resonaba contra el mármol con una autoridad imposible de ignorar.
No necesitaba presentación.
Era el Rey Alfa.
Asher.
El hombre más poderoso de aquellas tierras.
El mismo que había obligado a mi familia a arrodillarse.
El que ahora venía a reclamar su tributo.
Medio paso detrás de él caminaba otro hombre.
Tan alto como el Rey Alfa.
Tan fuerte como él.
Pero completamente diferente.
Mientras Asher parecía una tormenta a punto de destruir todo a su paso, aquel hombre llevaba una
expresión despreocupada, casi aburrida.
Sus ojos recorrieron el salón.
Por un instante se detuvieron en mí.
No hubo desprecio.
No hubo burla.
Solo curiosidad.
Luego continuó caminando.
No sabía quién era.
Pero por alguna razón me pareció menos peligroso que el resto.
Los dos avanzaron hasta detenerse frente a mí.
—Levanta la cabeza.
La voz del Rey Alfa resonó por todo el salón.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—No tengo tiempo para perderlo con una loba que ni siquiera es capaz de mirarme a los ojos.
Respiré profundamente.
Levanté la barbilla.
Y por un segundo olvidé cómo respirar.
Había escuchado historias sobre el Rey Alfa toda mi vida.
Ninguna me preparó para tenerlo frente a mí.
No era únicamente su apariencia.
Era la sensación que provocaba.
La forma en que el aire parecía volverse más pesado a su alrededor.
La forma en que nadie se atrevía a hablar mientras él estaba presente.
Con los hombros tensos y la mirada fija en mí.
Parecía una tormenta contenida dentro de un cuerpo humano.
Sus ojos oscuros no reflejaban compasión.
Ni duda.
Ni misericordia.
Solo poder.
Era el tipo de hombre capaz de entrar en una habitación y hacer que todos recordaran quién estaba al
mando.
Y lo odié por ello.
Porque incluso sabiendo quién era.
Incluso sabiendo que mi familia estaba de rodillas por su culpa.
No pude apartar la mirada.
Y eso me molestó más de lo que debería.
—Estoy aquí por el trato, Rey Alfa —dije, obligándome a sostener su mirada—. Vine a firmar el contrato
para salvar a mi familia.
Una sonrisa fría apareció en sus labios.
— ¿Trato?Su voz estaba cargada de burla.
—Una omega no viene a mi palacio a negociar nada.
La humillación me golpeó de lleno.
Apreté los dientes.
—No vales lo suficiente para establecer un trato conmigo.
Sentí cómo mis uñas se clavaban en mis palmas.
—Firmarás ese papel porque es la única razón por la que tu familia sigue respirando.
El salón entero guardó silencio.
Quise responder.
Quise insultarlo.
Quise decirle exactamente lo que pensaba de él.
Pero recordé por qué estaba allí.
Mi familia.
Siempre mi familia.
—Haré lo que el contrato exija de mí. —respondí con voz firme.
—Así es.
El Rey Alfa tomó el pergamino.
—Serás mi sombra. Limpiarás mis pisos. Bajarás la cabeza cada vez que yo entre a una habitación.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—Firma de una vez, omega.
Tomé la pluma.
Mis manos temblaban.
Aquel contrato era una sentencia.
Una cadena escrita con tinta.
Una prueba de que mi vida ya no me pertenecía.
Con aquella firma no aceptaba un empleo. Sellaba la rendición de toda una manada.
Cuando terminé de firmar, el Rey Alfa estiró una mano.
Una mano grande.
Marcada por cicatrices.
La mano de un hombre acostumbrado a la guerra.
Tomó mi barbilla con brusquedad para obligarme a mirarlo.
Y el mundo se detuvo.
No fue un simple roce.
Fue una explosión.
Una descarga violenta atravesó cada fibra de mi cuerpo.
El aire abandonó mis pulmones.
Mis piernas estuvieron a punto de ceder.
Por un instante dejé de escuchar el murmullo del salón.
Dejé de sentir el frío.
Dejé de pensar.
Solo existían aquellos ojos oscuros clavados en los míos.
Entonces ocurrió.
Mi aroma se extendió en el aire.
Fresas silvestres.
Dulce.
Suave.
Inconfundible.
El silencio cayó sobre el salón.
Y vi algo imposible.
Los ojos del Rey Alfa cambiaron.
Por un fugaz instante, un destello dorado atravesó la oscuridad de sus ojos.
Su lobo acababa de despertar.
Mate.
Imposible.
El mundo entero pareció contener la respiración.
El agarre de Asher sobre mi barbilla se tensó.
Por una fracción de segundo.
Solo una.
Vi la sorpresa en su rostro.
Pura.
Real.
Humana.
Y desapareció tan rápido como había llegado.
Su expresión se endureció.
La incredulidad se transformó en rabia.
Una rabia tan intensa que me hizo retroceder.
No parecía feliz.
No parecía aliviado.
No parecía un hombre que hubiera encontrado a su alma gemela.
Parecía un hombre que acababa de recibir una sentencia.
—No.
La palabra escapó de sus labios en un susurro apenas audible.
Pero la escuché.
Y por primera vez desde que había entrado al castillo...
El temido Rey Alfa parecía asustado.
La voz del hombre que había entrado junto a él rompió el silencio.
Asher ni siquiera lo miró.
Sus ojos seguían fijos en mí.
Como si intentara encontrar una explicación.
Como si buscara una forma de demostrar que todo aquello era imposible.
Finalmente apartó la mirada.
—Llévense a su familia lejos de mis tierras.
Su voz salió más grave de lo normal.
—Cumpliré mi palabra.
Los guardias se movieron de inmediato frente a mí.
Un peso enorme abandonó mi pecho.
Mi familia estaba a salvo.
Al menos por ahora.
Asher volvió a mirarme.
Y por primera vez desde que había entrado al salón, no vi desprecio.
Vi confusión.
Pura y absoluta confusión.
—Y a ella...
El silencio se prolongó.
—Llévenla al ala norte.
Varios guardias intercambiaron miradas.
—La habitación más alejada.
Incluso el hombre que había entrado junto a él levantó una ceja.
— ¿La más alejada?
Asher no respondió.
—Que nadie la moleste.
—Como ordene, Rey Alfa.
Mientras los guardias me ayudaban a ponerme de pie, no pude evitar observarlo una última vez.
Seguía inmóvil.
Seguía mirándome.
Y por primera vez desde que había llegado al castillo...
El poderoso Rey Alfa parecía tan perdido como yo.
El destino acababa de cometer un error terrible.







