Mundo ficciónIniciar sesiónEl departamento era pequeño, modesto y se encontraba en una zona alejada del centro comercial y residencial de la ciudad. La luz natural entraba con dificultad por una única ventana que daba a un patio interior estrecho y poco iluminado. Allí vivía con mi pequeño hijo Thiago de apenas cinco años.
Desde que mi esposo falleció trágicamente en un accidente laboral hace dos años, había luchado con todas mis fuerzas para salir adelante. Trabajaba desde el amanecer hasta la noche en empleos mal pagados y a veces inestables, limpieza en hogares ajenos, ayudante en una panadería por las mañanas y cuidado de ancianos por las tardes. Apenas lograba reunir lo necesario para cubrir el alquiler, la comida y los gastos básicos, pero siempre me las arreglaba para que a mi hijo no le faltara nada.
Sin embargo, hacía unas semanas la situación había empeorado de forma dramática. Thiago, que siempre había sido un niño alegre y lleno de energía, comenzó a sentirse mal, presentaba dolores constantes en el pecho, fiebres altas que no bajaban fácilmente y una fatiga extrema que no desaparecía con el reposo. Tras realizarle varios exámenes médicos, el médico dio el diagnóstico definitivo, una afección cardíaca congénita que requería una operación urgente para corregirse. Sin esa intervención, la vida del niño corría grave peligro.
El mayor problema era el costo de todo el proceso, la cirugía, los medicamentos posteriores, los cuidados especializados y la rehabilitación sumaban una cantidad de dinero que para mí era completamente inalcanzable. Había vendido lo poco que tenía de valor, mis joyas, algunos muebles y objetos familiares. Había pedido ayuda a todos los parientes y amigos que conocía, pero nadie contaba con una suma tan grande. Había recurrido también a instituciones de ayuda, pero los tiempos de espera eran demasiado largos y no podían garantizar la atención inmediata que necesitaba Thiago. Cada noche, al verlo dormir, sentía un miedo inmenso ante la posibilidad de perderlo.
Esa tarde, mientras ordenaba la ropa en el armario, escuché el timbre de la puerta. Al abrir, encontré a un mensajero formal que me entregó un sobre grande y sellado con un escudo dorado elegante que no me resultaba familiar. Con curiosidad mezclada con desconfianza, entré y lo abrí con manos temblorosas. Dentro encontré una carta bien redactada y un documento con una propuesta detallada punto por punto.
La leí con mucha atención, una y otra vez, como si temiera estar soñando. La carta venía de parte de la familia Valtierra y estaba firmada por Yerald Valtierra. Me explicaba brevemente la situación, el deseo final de su difunta esposa Elisa, la condición establecida en su testamento y la propuesta formal, contraer matrimonio por convenio durante exactamente dos años. A cambio, recibiría el monto total y exacto para cubrir la operación urgente de Thiago, además de vivienda digna, manutención completa y asistencia médica especializada permanente durante todo el tiempo que durará el acuerdo.
—¿Un matrimonio por convenio? —susurré para mí misma, sintiendo una mezcla de vergüenza y duda—. ¿Por qué yo? ¿Qué pueden buscar personas tan poderosas en alguien como yo?
Revisé el documento detenidamente, leyendo cada cláusula con cuidado. Las reglas eran claras, debería mantener la apariencia de un matrimonio estable ante la sociedad, familiares y socios comerciales, respetar las normas de convivencia de la mansión, no involucrar sentimientos románticos en el trato, y, al finalizar el plazo, recibiría una compensación adicional y quedaría libre de cualquier vínculo legal. No había obligaciones que atentaran contra mi dignidad, y lo más importante, la ayuda para mi hijo quedaba garantizada desde el momento de la firma.
Volví mi mirada hacia la habitación contigua, donde Thiago jugaba en silencio con sus pocos juguetes. Tenía el rostro un poco pálido y los ojos cansados, pero al notar que yo lo observaba me dedicó una sonrisa dulce que lo iluminaba todo. Sentí cómo las lágrimas comenzaban a rodar por mis mejillas. No tenía otra opción real, había agotado todos los caminos posibles. Si rechazaba aquella oferta, probablemente no tendría otra oportunidad de salvarlo.
—Es solo un trato —me repetí a mí misma en voz baja, intentando convencerme—. Nada más, es lo necesario para que Thiago pueda vivir sano.
Tomé la pluma y leí nuevamente la dirección indicada para acudir al encuentro. Sabía que el mundo al que estaba a punto de entrar sería muy distinto al mío, lleno de lujos, normas estrictas y probablemente muchos prejuicios. Pero por mi hijo, estaba dispuesta a enfrentar cualquier obstáculo.
Al día siguiente, vestida con mi mejor ropa —aunque aun así sentía que no estaba a la altura—, me dirigí hacia la zona residencial más exclusiva de la ciudad donde se encontraba la mansión Valtierra. Al llegar, me detuve frente a la enorme reja de hierro forjado, observando la imponente construcción rodeada de amplios jardines. Un sentimiento de inseguridad me invadió, pero apreté con fuerza el sobre con la propuesta en mi mano y di el paso adelante.
No sabía qué encontraría al otro lado, ni qué pensaría el hombre con el que iba a compartir mi vida por dos años. Solo tenía claro un pensamiento inquebrantable, haría lo que fuera necesario para salvar a mi hijo. Lo que nunca imaginé es que aquel paso cambiaría no solo el destino de Thiago, sino también el mío propio para siempre.







