Mundo ficciónIniciar sesión
El silencio en la habitación principal de la mansión solo era roto por el suave zumbido de los aparatos médicos y la respiración entrecortada de Elisa de Valtierra. La luz cálida del atardecer se filtraba por las cortinas de seda, tiñéndolo todo de tonos dorados y creando una atmósfera cargada de melancolía y despedida.
Yerald Valtierra permanecía sentado junto a la cama, sosteniendo con mucha delicadeza la mano de su esposa. Aquella mano, que años atrás había sido firme, cálida y llena de vida, ahora se veía pálida, fría y marcada por el paso implacable de la enfermedad que la había consumido durante los últimos meses.
—Yerald —susurró ella, abriendo los ojos con gran esfuerzo y buscando la mirada de su esposo—. Escúchame bien, por favor. Es algo muy importante y necesito que prometas cumplirlo.
Él asintió con la garganta apretada por la emoción, acercándose un poco más para no perderse ni una sola palabra. Habían compartido casi veinte años de vida juntos, habían construido un imperio comercial desde, superando crisis difíciles y formado una familia que él consideraba lo más valioso que poseía. Verla partir así, poco a poco, sin poder hacer nada para evitarlo, le partía el alma. Pero sabía que su tiempo se agotaba, y que lo que ella tenía que decir sería decisivo para el futuro de todos.
—Te escucho, Elisa, todo lo que pidas, te lo prometo —respondió él con voz grave, intentando mantener la compostura a pesar del nudo que sentía en la garganta.
Una sonrisa tranquila y leve se dibujó en sus labios pálidos.
—He dejado todo organizado en mi testamento —continuó ella con voz suave pero firme, demostrando que conservaba toda su lucidez—. Pero hay una condición indispensable, sin ella, no podrás heredar la totalidad de los bienes ni administrar la empresa familiar con plena libertad. Es la única forma que encontré para garantizar que nuestras hijas estarán a salvo, y que todo lo que construimos con tanto esfuerzo no caiga en manos de personas que solo esperan aprovecharse de nuestra situación.
Yerald frunció el ceño, visiblemente confundido.
—¿Una condición? ¿De qué hablas? Todo está registrado a nuestro nombre, nadie puede quitarnos lo que hemos logrado con nuestro trabajo —respondió él con suavidad, sin terminar de entender el motivo de aquella advertencia.
—Hay personas que llevan mucho tiempo esperando este momento —repuso ella, mirándolo fijamente a los ojos—. Personas cercanas que creen que, sin mí a tu lado, serás vulnerable y fácil de influenciar. Para proteger nuestro legado, para dar estabilidad y una figura de respeto a Ximena y a la pequeña Liana, debes contraer matrimonio por convenio, con una mujer de mi absoluta confianza, es la única cláusula que dejaré establecida.
El hombre abrió los ojos con sorpresa, sin comprender del todo lo que escuchaba.
—¿Matrimonio por convenio? ¿Con quién? ¿Por qué hacerlo? —preguntó con sinceridad, mostrando su desconcierto.
—Su nombre es Mireya Solís —respondió Elisa, como si aquel nombre estuviera grabado en su memoria desde hacía mucho—. Es joven, viuda hace dos años y tiene un hijo pequeño de cinco años que sufre una enfermedad grave y necesita ayuda desesperadamente. Será un trato justo para ambos, ella obtendrá los recursos para salvar la vida de su niño y asegurar su futuro, y tú cumplirás el requisito legal para acceder a la herencia completa. Durará exactamente dos años, tiempo suficiente para que todo se estabilice.
—¿Y por qué precisamente ella? —insistió Yerald, sin ocultar su duda—. No la conocemos, nunca hemos hablado de ella. ¿Cómo podemos confiar plenamente en alguien que es prácticamente una desconocida?
—Confía en mi criterio, Yerald —le pidió ella, apretando levemente su mano con la poca fuerza que le quedaba—. Es una mujer de honor, trabajadora y con mucha dignidad. No busca riquezas ni poder, solo el bienestar de su hijo. Es la única que no intentará manipularte ni hacer daño a mis hijas. Cuando este tiempo termine, ella se irá en paz y recuperaremos la tranquilidad. Pero por ahora, es la única solución para garantizar la seguridad de todos.
Yerald bajó la mirada, sintiendo una mezcla de incredulidad y resignación. No le gustaba la idea de casarse con una extraña, pero conocía muy bien a su esposa, si ella lo pedía con tanta convicción, era porque había una razón sólida detrás. Y lo más importante, lo hacía pensando exclusivamente en el bienestar de sus hijas.
—Te prometo que lo haré —dijo finalmente con voz decidida—. Honraré tu última voluntad, como he honrado cada uno de tus deseos durante todos estos años.
—Gracias, amor —susurró ella, cerrando lentamente los ojos con una expresión de paz y alivio—. Aquí tienes un papel con su dirección exacta, ve a buscarla pronto, cuídala, y sobre todo cuida a nuestras niñas.
Con ese último deseo, la respiración de Elisa se fue calmando poco a poco hasta detenerse por completo, dejando un silencio profundo en la habitación. Yerald sintió que el mundo se le venía encima, acababa de perder al amor de su vida, y ahora tenía ante sí una tarea que nunca imaginó. Lo que no sabía era que aquel acuerdo frío cambiaría el destino de todos para siempre.







