La noche cayó sobre la mansión como un manto de terciopelo negro. Después de la larga noche cuidando a Liana, mi cuerpo pedía descanso, pero mi mente se negaba a apagarse. Me acosté en la cama, con el medallón aún en mi bolsillo, y cerré los ojos, esperando que el sueño llegara.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que en algún momento, la oscuridad de mi habitación se transformó en otra oscuridad, más antigua, más profunda. Estaba en un lugar que reconocía, aunque no había estado allí en años. La