Los días siguientes fueron extraños. Después de la noche en la terraza, Yerald y yo habíamos establecido una tregua, una especie de respeto mutuo que no necesitaba palabras. Pero también había algo más, una tensión que flotaba en el aire cada vez que nos cruzábamos, como una corriente invisible que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Thiago se recuperaba bien. El doctor Aranda había confirmado que su corazón respondía al tratamiento y que la cirugía podría programarse en unas semanas. Esa