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Capítulo 7: Adicción Entre las Sombras

POV ELENA 

El frío de la noche colándose por los vitrales altos de la sacristía fue lo que me devolvió a la realidad, aunque la realidad ahora era un concepto completamente distorsionado. 

Seguía sentada sobre la mesa de caoba, con las piernas desmadejadas, la piel del cuello ardiendo y los muslos manchados con el rastro de nuestra profanación. Frente a mí, el Padre Damián se abrochaba la sotana negra con la misma parsimonia y frialdad con la que cerraba el misal los domingos por la mañana. 

Sus manos grandes y venosas, las mismas que me habían sostenido con una fuerza brutal minutos antes, se movían con una precisión exasperante, acomodando el cuello clerical como si nada hubiera ocurrido.

—Vístete, Elena —dijo sin mirarme, con su barítono recuperando esa gravedad implacable que me hacía temblar las rodillas—. El sacristán llegará temprano mañana para preparar la primera misa y no quiero cabos sueltos en este lugar. Tu penitencia de hoy ha terminado, pero esto apenas comienza.

Mis ojos lo observaron fijamente mientras me deslizaba fuera de la mesa. El suelo de piedra se sintió helado bajo mis pies descalzos. Recogí los restos de mi ropa interior rota, inservible, y me acomodé la falda gris y la blusa abotonada con dedos torpes. 

Mi cuerpo protestaba con un dolor sordo, un latido ardiente e incómodo entre mis piernas que, lejos de infundirme culpa o arrepentimiento, encendía una necesidad enferma de volver a caer. Me había vuelto adicta en cuestión de horas. Adicta al peligro, a la rudeza de sus manos grandes, al sonido de su voz sucia dictando órdenes en la oscuridad y al sabor metálico de lo prohibido. La Elena recta y pura que el pueblo tanto admiraba había muerto en esa mesa, y a nadie le importaba menos que a mí.

Las dos semanas siguientes se transformaron en un torbellino de doble vida, secreto y deseo clandestino que amenazaba con devorar mi cordura. Para los habitantes de San Judas, yo seguía siendo la misma joven silenciosa de modales impecables que cruzaba la plaza con la mirada baja y partituras bajo el brazo. 

Sin embargo, bajo mis vestidos recatados y abotonados estrictamente hasta el cuello, la realidad era una blasfemia andante. Damián me había ordenado comprar lencería atrevida en la ciudad vecina, lejos de las miradas chismosas de las beatas. 

Encajes negros que apenas cubrían mi piel, ligueros de satén y telas translúcidas que contrastaban de manera salvaje con mi fachada de niña buena.

Saber que llevaba esas prendas impuras mientras tocaba el órgano durante la misa dominical, sintiendo el encaje rozar mi intimidad con cada pedal que presionaba, me mantenía en un estado de excitación constante, insoportable. 

Desde el coro, mis ojos seguían fijos en él, pero ahora compartíamos un secreto prohibido. Cada vez que él elevaba el cáliz y sus ojos negros escaneaban la penumbra del templo, yo sabía que recordaba el sabor de mi piel. 

Ya no nos bastaba el confesionario, ni el espacio reducido de la sacristía. La obsesión se nos había escapado de las manos, derribando cualquier barrera de prudencia o respeto por el lugar sagrado.

Una medianoche de viernes, la iglesia se convirtió nuevamente en nuestro picadero privado. Crucé el patio parroquial con una copia de la llave que él mismo me había deslizado en el sobre de las partituras, moviéndome como una sombra entre los bancos vacíos. 

El templo, iluminado únicamente por los haces de luz plateada de la luna que atravesaban las imágenes de los santos en los vitrales, se sentía inmenso, majestuoso y fantasmal. El silencio era tan denso que podía escuchar el crujido de mis propios pasos sobre la nave central.

Damián me esperaba de pie junto a uno de los bancos de madera tallada, cerca del altar lateral de la Virgen. Al verme llegar, sus ojos negros brillaron con un magnetismo animal que me congeló la respiración. No hubo saludos, ni palabras de cortesía. Caminó hacia mí con esa postura imponente, me tomó firmemente del brazo y me empujó de espaldas contra el respaldo rígido y frío del banco de madera.

—Llegas tarde, Elena —susurró contra mi oído, y su barba me raspó la piel de la mejilla, enviando un escalofrío directo a mi vientre—. Te he dicho que no me gusta esperar, y menos cuando tu cuerpo me pertenece para tu castigo.

—Había mucha gente en la plaza... —sollocé, intentando recuperar el aliento, pero mi queja fue acallada de golpe cuando sus manos grandes levantaron de un solo tirón la tela pesada de mi falda, exponiendo las medias de red y el encaje negro que llevaba debajo.

Escuché el gemido rudo y hambriento que escapó de su pecho al ver el contraste de mi lencería erótica contra la sobriedad y la solemnidad del templo. 

Damián no perdió el tiempo en galanteos; se desabróchó la sotana con una urgencia salvaje que jamás le había visto, liberando su hombría erecta, gruesa y pulsante que ya reclamaba su territorio. 

Sin preámbulos, me sujetó con firmeza de las caderas, clavando sus dedos largos en mi carne con una fuerza que dejaría marcas al día siguiente, y me obligó a inclinarme hacia adelante sobre el banco de madera tallada.

—Mira al frente, Elena —me ordenó con su voz de barítono áspera, pegando su pecho musculoso contra mi espalda—. Mira la cruz mientras te hago mía en su presencia. Quiero que sientas la culpa en cada rincón de tu cuerpo.

Antes de que pudiera procesar la orden, se hundió en mí desde atrás con una embestida salvaje, profunda y directa que me arrancó un grito agudo. Intenté ahogar el sonido mordiéndome mis propias manos, temerosa de que el eco viajara más allá de las pesadas puertas de la iglesia. 

La sensación de plenitud fue violenta; me estiraba por completo, invadiéndome con una brusquedad que me hacía perder el sentido de la realidad. El ritmo que impuso fue frenético, rítmico, un vaivén sucio y desesperado que hacía crujir la madera del banco con cada impacto.

El eco de nuestros cuerpos chocando y de mis gemidos contenidos comenzó a reverberar en las sombras de la iglesia vacía. Con cada penetración profunda, la tela basta de su sotana rozaba la piel expuesta de mis glúteos y muslos, un roce rústico que actuaba como un afrodisíaco letal en mi mente corrompida. 

Estábamos rodeados de estatuas de santos que parecían juzgarnos desde las alturas, pero en ese momento, el único dios al que yo rendía culto era el hombre que me sometía desde atrás, destrozando mi coño con cada golpe de sus caderas.

—Eres una maldita adicción... —gruñó Damián en mi oído, y su respiración asmática y caliente me quemaba la piel del cuello mientras aceleraba el ritmo, volviéndolo aún más despiadado—. No puedo dejar de pensar en ti, en cómo te abres para mí en este lugar. Me estás condenando, Elena.

—Condéneme a mi también... —gimé, echando la cabeza hacia atrás, buscando el contacto de sus labios mientras la tensión en mi vientre se acumulaba con una violencia demoledora—. Hágame suyo hasta que no quede nada de mí. ¡Más rápido, papi Damián!

El dolor sordo de la madera rígida presionando mi abdomen no era nada comparado con la hoguera que me devoraba por dentro. Aceleró las embestidas con una fuerza militar, hundiéndose en mí hasta el fondo una y otra vez, buscando reclamar cada milímetro de mi sumisión. 

El placer me golpeó como una descarga eléctrica; la acumulación de sensaciones fue tan intensa que mi vista se nubló por completo. El clímax me alcanzó con la fuerza de un tsunami, congelándome los músculos de las piernas mientras mi intimidad se contraía espasmódicamente alrededor de su hombría en oleadas de un orgasmo devastador y prolongado.

Al sentir mis contracciones salvajes, Damián soltó un rugido sordo que vibró en todo su pecho y dio dos embestidas brutales, profundas, hundiéndose en mí hasta la raíz. 

Con un gemido rudo que pareció sacudir las sombras del templo, se corrió dentro de mí, llenándome con su simiente cálida en una descarga larga y posesiva que nos dejó a ambos jadeando, abrazados en la penumbra del altar, sellando una adicción de la que ninguno de los dos quería ser salvado.

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