Capítulo 6: Placer

POV ELENA 

El mordisco áspero en mi cuello desató una corriente eléctrica que me obligó a arquear la espalda sobre la mesa de caoba. Gemí con fuerza, perdiendo el control de mis manos, que se enredaron desesperadamente en los hombros anchos de su sotana. 

El Padre Damián no me dio tregua; su mano grande, oculta entre los pliegues de la tela, bajó con una velocidad violenta por mi vientre, desgarrando sin contemplaciones el encaje de mi ropa interior. El sonido de la tela rompiéndose fue el tiro de gracia para mi cordura.

—Mírame, Elena —ordenó con su barítono rudo, pegando su boca a la mía mientras sus dedos largos e implacables se abrían paso entre mis muslos, que ya temblaban de pura anticipación—. Quiero que veas quién te está corrompiendo.

Separé los labios para jadear, y él aprovechó para invadir mi boca con un beso hambriento, salvaje, que sabía a pecado y a una posesión absoluta. 

Su lengua reclamó la mía con la misma brusquedad militar con la que daba sus órdenes, mientras sus dedos, grandes y toscos, se hundían de golpe en mi intimidad. El contacto directo con mi carne hinchada y completamente empapada le hizo soltar un gruñido animal contra mis labios.

—Estás ardiendo... —susurró con voz ronca, rozando mi centro con una presión despiadada que me hizo ver estrellas en la penumbra de la sacristía—. Estás hecha para esto, maldita sea. Para mí.

Con un movimiento fluido y cargado de una fuerza física imponente, Damián usó su mano libre para desabrochar el cinturón y abrir la parte delantera de su sotana. 

Mis ojos, abiertos por la fijeza de la obsesión, se clavaron en su pene expuesto: su hombría era enorme, gruesa y completamente erecta, con venas marcadas que denotaban el pulso salvaje de su propia excitación. El contraste de su piel bronceada contra el negro de sus hábitos era una visión letal.

Él me sujetó de las caderas con ambas manos, hundiéndome los dedos en la carne con una fuerza que dejaría marcas, y se posicionó entre mis piernas abiertas.

—Damián, por favor... —supliqué en un hilo de voz, con el pecho subiendo y bajando con violencia, incapaz de resistir un segundo más de esa agonía deliciosa.

—Toda tuya, Elena —dictó, y sin una pizca de delicadeza, se empujó hacia adelante, introduciéndose de un solo golpe firme y profundo en mi interior.

Un grito agudo y quebrado escapó de mi garganta, rebotando en los techos altos de la sacristía. La sensación de plenitud fue devastadora; su grosor me estiró al límite, invadiéndome por completo, obligándome a clavar las uñas en la musculatura perfecta de su espalda. Damián se congeló un segundo dentro de mí, con la mandíbula rígida y los ojos negros inyectados en sangre, disfrutando del sutil dolor y del placer puro que mi estrechez le provocaba.

—Dios... aprietas tanto nena —gruñó entre dientes, y comenzó a moverse.

El ritmo que impuso fue rudo, rítmico y posesivo. Cada embestida era un golpe directo contra mi coño, un recordatorio físico de sus casi un metro noventa de puro músculo sometiéndome sobre la madera fría. El sonido húmedo de nuestros cuerpos impactando y mis gemidos descontrolados llenaron la habitación. Con cada penetración profunda, la tela basta de su sotana rozaba la piel sensible de mis muslos desnudos, un contraste carnal que me volvía loca.

Me llevó al borde de la mesa, obligándome a colgar las piernas a los lados de su cintura. Su ritmo se volvió frenético, salvaje, un vaivén sucio y desesperado donde ya no había espacio para el sacerdote ni para la organista devota; solo éramos dos cuerpos devorándose en mitad de lo sagrado. Sentía el calor de su pecho marcado contra el mío, el roce de su barba de dos días en mis mejillas y la vibración de su respiración asmática en mi oído.

—Pídemelo, Elena... dime qué eres —me exigió con voz ronca, acelerando las embestidas con una fuerza que me hacía deslizar sobre la caoba.

—¡Soy suya! —gimé, llorando de puro placer, perdiendo el conocimiento de la realidad mientras la tensión en mi vientre se acumulaba de nuevo con una violencia insoportable—. ¡Soy su pecadora, Damián! ¡Más fuerte!

El Padre Damián soltó un rugido sordo y me embistió con una velocidad demoledora, hundiéndose en mí hasta el fondo una y otra vez, buscando reclamar cada milímetro de mi sumisión. La acumulación de placer fue tan intensa que mi vista se nubló; el clímax me golpeó como un rayo, congelándome los músculos mientras mi intimidad se contraía espasmódicamente alrededor de su hombría en oleadas de un orgasmo devastador.

Al sentir mis contracciones, Damián perdió el último rastro de control. Dio tres embestidas brutales, profundas, y con un gemido rudo que vibró en todo su pecho, se corrió dentro de mí, llenándome con su simiente cálida en una descarga larga y posesiva que selló nuestra condena en el suelo de San Judas.

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