Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ELENA
La mañana del domingo trajo consigo un tipo de tortura diferente. El sol de finales de junio caía implacable sobre la plaza de San Judas, pero dentro del templo el ambiente se sentía extrañamente cargado, asfixiante.
Sentada frente al órgano, con las manos ejecutando los acordes del ofertorio, mi cuerpo arrastraba las secuelas físicas de nuestros encuentros clandestinos. El encaje negro de mi ropa interior, oculto bajo la falda gris de siempre, rozaba mi piel aún sensible, recordándome con cada movimiento las marcas invisibles que Damián había dejado en mis muslos.
Sin embargo, el verdadero suplicio no era el cansancio, sino las voces.
Al terminar la primera misa, me quedé rezagada en el coro ordenando las partituras, oculta por la barandilla de madera. Abajo, cerca del pasillo central, un grupo de feligresas se había reunido a las puertas del despacho parroquial. Entre ellas estaba la señora Marta, pero también varias de las mujeres más jóvenes del pueblo, vestidas con sus mejores galas dominicales.
—Es que tiene una presencia... —escuché murmurar a Lucía, la hija del panadero, con una sonrisita ensayada—. Una voz que te estremece el pecho cuando da la bendición. Hacía años que no teníamos un sacerdote con tanta energía.
—Y unas manos... —añadió otra, acomodándose el cabello con coquetería—. Es un hombre muy apuesto, la verdad sea dicha. Una lástima que haya elegido los hábitos de Dios.
Un frío agudo, punzante, me recorrió las entrañas. Sostuve la carpeta de cuero con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos. Una oleada de celos violentos, posesivos y viscerales me inundó el pecho de golpe.
Sentí el impulso salvaje de bajar las escaleras, pararme frente a ellas y gritarles que ese hombre imponente, que esa voz de barítono y esas manos grandes y venosas que tanto admiraban no les pertenecían; que me pertenecían a mí, que me habían reclamado sobre la caoba de la sacristía y los bancos de madera.
Pero no podía. Tuve que tragarme el veneno en silencio, manteniendo mi máscara de niña buena e inocente. Respiré hondo, obligando a mi rostro a recuperar la expresión serena y distante de siempre, aunque por dentro un volcán de rabia y posesión exigía salir a flote. Tenía que marcar mi territorio. Necesitaba que él borrara de mi mente el eco de esas mujeres.
La oportunidad llegó esa misma tarde, durante la hora de la siesta, cuando el pueblo se sumía en un letargo absoluto bajo el calor sofocante. Utilicé la llave clandestina para entrar por la puerta trasera de la casa parroquial, un edificio de piedra adosado a la iglesia. El silencio allí dentro era espeso. Subí los escalones hacia el despacho privado de Damián y empujé la puerta sin llamar.
Él estaba de pie junto al ventanal, con la sotana negra desabrochada hasta la mitad del pecho debido al calor, revelando la musculatura perfecta y el vello oscuro que bajaba en una línea perfecta hacia su abdomen. Al verme entrar, con los ojos avellana encendidos y la respiración alterada, una chispa de comprensión y magnetismo animal cruzó sus ojos negros.
—Estás cruzando los límites, Elena —dijo con su voz ronca, pero no hizo ningún ademán de alejarme.
—Las... mujeres staban hablando de usted —solté, cerrando la puerta con pestillo a mis espaldas, avanzando hacia él con pasos decididos, dejando caer las partituras al suelo—. Hablaban de sus manos, de su rostro. De lo guapo que es el nuevo sacerdote.
Damián soltó un gruñido bajo, una mezcla de diversión y arrogancia masculina, mientras daba un paso al frente, acortando la distancia con sus casi un metro noventa de estatura.
—¿Y eso te molesta, pequeña? —susurró, atrapando mi mandíbula con una de sus manos grandes, obligándome a mirarlo hacia arriba—. ¿Estás celosa de las ovejas de mi rebaño?
—Usted es mío —declaré con una audacia que ni yo misma sabía que poseía, clavando mis uñas en la tela de sus hombros—. Demuéstremelo.
El desafío encendió una llama salvaje en su mirada. Sin mediar palabra, Damián me tomó de los hombros y me empujó hacia abajo, obligándome a caer de rodillas sobre la alfombra de la oficina.
El impacto de mis rodillas contra el suelo me hizo jadear, pero la visión que quedó a la altura de mis ojos me borró cualquier rastro de duda. Damián se abrió por completo la sotana, apartando la tela basta para liberar su hombría, que saltó hacia afuera, enorme, gruesa, completamente erecta y pulsante por la provocación.
El corazón me dio un vuelco. Nunca lo había hecho. Nunca había tenido su virilidad tan cerca de mi rostro, exudando ese aroma limpio, denso y abrumadoramente masculino.
—Si tantas ganas tienes de reclamar lo que dices que es tuyo... —ordenó Damián, con el barítono quebrado por la tensión, hundiéndome los dedos en el cabello para guiar mi cabeza hacia adelante—, empieza por aquí. Pruébame, Elena. Hazlo por primera vez.
El pulso me latía en las sienes. Venciendo la timidez inicial, me acerqué y deslicé la punta de mi lengua por la base de su miembro, saboreando la calidez de su piel. Damián soltó un suspiro rudo, apretando los dientes. Envalentonada por su reacción, abrí la boca y rodeé la punta brillante, succionando con suavidad mientras mis manos subían por sus muslos tensos.
Fue una exploración febril. Introduje su grosor en mi boca tanto como pude, experimentando la textura de sus venas marcadas contra mis labios y mi lengua, moviendo mi cabeza en un ritmo pausado que lo hizo jadear con una brusquedad. Sentir cómo ese hombre imponente se estremecía bajo el poder de mi boca borró de golpe todos los celos que me habían atormentado en la iglesia.
—Suficiente... —gruñó Damián apenas unos minutos después, tomándome del cabello con firmeza para apartarme antes de perder el control—. Me vas a hacer correr aquí mismo.
Me puso en pie de un solo tirón, con una fuerza física que me dejó sin aliento, y me empujó sobre el escritorio de madera del despacho, apartando los papeles y los libros litúrgicos con un manotazo. Me obligó a tumbarme de espaldas, levantando mis faldas hasta mi pecho de un tirón violento, dejando expuesta mi lencería de encaje negro.
Damián no fue directo a la penetración; esta vez quería desarmarme por completo. Sus manos grandes rasgaron la blusa recatada, haciendo saltar los botones, dejando mis pechos libres a la penumbra del despacho. Mis pezones estaban rígidos, sensibles al extremo por el aire acondicionado de la habitación.
Él se inclinó sobre mí, devorando uno de mis senos con su boca, chupando la piel con una fuerza que me hizo soltar un grito agudo que rebotó en las paredes de piedra. Su lengua jugaba con el pezón, mordisqueándolo con suavidad antes de succionarlo profundamente, haciéndome arquear las caderas sobre el escritorio.
Mientras mantenía su boca en mi pecho, una de sus manos bajó hacia mis piernas, abriéndolas de par en par. Damián se deslizó hacia abajo, arrodillándose en el suelo frente a mí. Mis ojos avellana se abrieron con sorpresa al ver su intención.
—D-Damián, no... ahí no... —alcancé a balbucir, asustada por la intensidad de la nueva postura.
—Cállate, nena y recibe tu castigo —dictó desde abajo.
Sujetó mis muslos con fuerza, fijándolos contra sus hombros, y hundió su rostro directamente entre mis piernas. El contacto de su lengua caliente y experta contra mi clítoris me hizo soltar un alarido de puro placer. Damián me chupaba el coño con una devoción carnal que rozaba la demencia; su lengua trazaba círculos rápidos, profundos, saboreando mis fluidos de manera explícita, mientras sus dedos grandes entraban y salían de mi interior para estirarme.
La combinación de su barba áspera rozando mis muslos internos y la humedad de su boca devorándome la intimidad me llevó al límite de la cordura en segundos. Era un ritmo salvaje, una entrega total donde él monopolizaba cada una de mis sensaciones.
—¡Damián! —gimé descontrolada, clavando las uñas en el borde de la mesa, sintiendo que el clímax se acumulaba en mi vientre con la fuerza de un terremoto—. ¡Me voy a correr... me voy... !
Él no se detuvo; succionó con más fuerza, acelerando las caricias de su lengua hasta que mi cuerpo se tensó por completo. Un orgasmo violento, devastador, me sacudió las piernas en oleadas espasmódicas, dejándome jadeando sobre el escritorio revuelto, completamente vacía, reclamada y marcada por el único hombre que tenía las llaves de mi infierno.







