Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ELENA
La tortura de contenerme bajo sus órdenes me tenía al borde del colapso físico. Cada pulsación en mi vientre era un ruego silencioso, una súplica para que me permitiera acelerar los dedos y alcanzar el vacío, pero la voz implacable del Padre Damián seguía gobernando mis movimientos a través del hierro. Tenía los muslos temblando, la falda gris arrugada alrededor de mi cintura y la frente apoyada contra la madera lateral del cubículo, empapada en un sudor frío y espeso que me bajaba por la nuca.
—Basta, Elena —la orden llegó de repente, cortante como un filo.
Me detuve al instante, dejando escapar un quejido de frustración que no pude tragarme. Mi mano, humedecida y trémula, quedó suspendida en el aire frío. Mis ojos avellana, nublados por las lágrimas de la excitación contenida, buscaron desesperadamente su silueta al otro lado de la rejilla.
—Bájate la falda —continuó su voz de barítono, que ahora arrastraba un tono rudo, casi peligroso—. Sal de ahí. Ve a la sacristía. Ahora mismo.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Salir al espacio abierto de la iglesia, aunque estuviéramos solos, se sentía como caminar directa hacia un precipicio.
Sin embargo, mi cuerpo ya no respondía a la lógica ni al miedo; respondía únicamente al dictado de sus palabras. Me acomodé la ropa con dedos torpes, empujé la pequeña portezuela del confesionario y salí a la nave lateral.
La luz crepuscular que se filtraba por los altos vitrales teñía las naves de la iglesia de San Judas con tonos púrpuras y dorados. Caminé con pasos vacilantes, sintiendo el roce húmedo de mi propia intimidad contra la tela de mi ropa interior con cada paso que daba sobre el suelo de piedra fría. El silencio del templo era absoluto. Llegué a la puerta de madera pesada de la sacristía y, con el pulso desbocado, empujé la hoja para entrar.
El espacio estaba en penumbra, impregnado del aroma a incienso, cera y al perfume limpio y masculino de Damián. En el centro de la habitación destacaba la gran mesa de caoba donde se preparaban los ornamentos y los vasos sagrados para la misa.
La puerta detrás de mí se cerró con un clic firme que me hizo dar un respingo. Me giré lentamente.
Allí estaba él. Sus casi un metro noventa de estatura llenaban por completo el umbral. Seguía vistiendo la sotana negra, pero el cuello clerical estaba ligeramente desabrochado, revelando la base de su garganta y la tensión de sus músculos.
Su rostro, con esa mandíbula cuadrada sombreada por la barba de dos días, estaba serio, rígido. Sus ojos negros, afilados y densos, me recorrieron desde los zapatos hasta el cabello desarreglado con una fijeza que me desnudó al instante.
Damián caminó hacia mí con paso lento, imponente. El espacio entre los dos se redujo a nada en segundos. Sentí el calor de su cuerpo rodeándome, el olor de su piel, y tuve que mirar hacia arriba para sostenerle la mirada.
—Has sido muy obediente ahí dentro —susurró, y su voz ronca vibró tan cerca de mi oído que me erizó la piel del cuello—. Pero tu penitencia no ha terminado, Elena. Mirarte a través de ese hierro ya no es suficiente castigo para ninguno de los dos.
Antes de que pudiera responder, su mano grande y fuerte se cerró alrededor de mi muñeca. Su agarre era firme, posesivo, denotando una fuerza física que me hizo jadear. Sin romper el contacto visual, me atrajo hacia la mesa de caoba. Con un movimiento rápido y decidido, me tomó por las caderas y me elevó, sentándome en el borde del mueble de madera.
El contraste de mis faldas largas contra el material pulido y frío de la mesa me hizo arquear la espalda. Damián avanzó un paso más, colocándose justo entre mis piernas abiertas, atrapándome por completo con su imponente figura oscura. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrastrando la tela de mi vestido hacia arriba, abriéndose paso sin contemplaciones hasta que la piel expuesta de mis piernas entró en contacto con el calor abrasador de sus palmas bronceadas.
—Mírate —susurró él, presionando sus dedos contra mis muslos, hundiéndose en mi carne con una fuerza que me hizo gemir de placer—. Tiemblas como una hoja, Elena. La niña buena del pueblo, la organista pura... convertida en un mar de deseo en mi sacristía.
—Es por usted... —logré articular, jadeando, apoyando mis manos temblorosas en sus hombros anchos, sintiendo la musculatura perfecta que se ocultaba bajo los hábitos—. Me tienes loca, Damián. No puedo pasar una sola misa sin desear esto.
Un gruñido bajo escapó de su pecho. Sus ojos negros brillaron con una chispa salvaje, perdiendo cualquier rastro de contención. Su mano derecha subió de golpe por mi vientre hasta enredarse con violencia contenida en mi trenza, tirando de ella hacia atrás con la fuerza justa para obligarme a inclinar la cabeza, exponiendo mi cuello largo y pálido a su merced.
—Entonces deja de rezar, Elena —susurró contra mi piel, justo antes de clavar sus dientes en la base de mi cuello, dándome un mordisco áspero, cargado de posesión, que me hizo soltar un grito ahogado que rebotó en las paredes de la sacristía—. Porque esta noche no hay Dios que te salve de mí.







