Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ELENA
El eco de mi propio gemido pareció quedarse suspendido en el aire confinado del confesionario, mezclándose con el sonido de mi respiración rota.
Tenía la frente apoyada contra la madera fría, el cuerpo vencido por el temblor que dejó el orgasmo y los dedos aún humedecidos entre mis muslos. Sentía las pulsaciones en mi vientre, un latido cálido e impuro que me recordaba la gravedad de lo que acababa de hacer. Había profanado un santuario. Había desnudado mi mente frente al sacerdote.
Y lo peor —lo que me hacía arder la piel de una manera deliciosa y aterradora— era que él seguía allí, al otro lado de la rejilla, respirando con una prisa densa que llenaba el cubículo.
—Levántate, Elena —la orden del Padre Damián llegó como un latigazo de barítono a través del metal. Su voz ya no tenía el tono pausado del altar; era áspera, directa, la voz de un hombre que contenía un impulso violento.
Mis piernas flaquearon cuando intenté ponerme en pie. Me acomodé la falda gris con dedos torpes, intentando en vano recuperar una compostura que ya no existía. Mi blusa estaba desarreglada y varios mechones de mi cabello castaño se habían soltado de la trenza, cayendo sobre mi rostro acalorado. Me pegué a la madera divisoria, buscando con la mirada la silueta masiva que se intuía tras los finos agujeros de la rejilla de hierro.
—Mírame —susurró, inclinándose tanto que casi pude sentir el calor de su aliento cruzando el metal—. Lo que acaba de pasar aquí no se va a quedar en un simple arrepentimiento. Has venido a buscar un castigo para tus pensamientos, y yo voy a asegurarme de que pagues cada una de tus faltas. A partir de hoy, tu cuerpo me pertenece para tu redención. ¿Ha quedado claro?
Tragué saliva, sintiendo un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. La autoridad que emanaba de sus casi un metro noventa de estatura, potenciada por el misterio de la penumbra, me sometía sin necesidad de que me tocara.
—Sí, Padre... —respondí en un hilo de voz, entregándome por completo al juego.
—No te escucho, Elena. Dilo como si de verdad aceptaras tu culpa.
—Sí, Damián... sí —corregí, mordiéndome el labio inferior al pronunciar su nombre sin títulos, sintiendo cómo el vientre se me volvía a contraer de pura excitación.
Escuché un leve crujido de madera al otro lado. Damián se movió dentro de su cubículo.
—Tu primera penitencia empieza ahora mismo —dictó con una calma peligrosa—. Vas a volver a subirte la falda. Quiero que dejes tu intimidad expuesta hacia esta rejilla. Quiero escuchar el roce de tus dedos otra vez, pero esta vez seguirás el ritmo que yo te imponga. Si te detienes antes de que te lo ordene, el castigo será peor.
El corazón me dio un vuelco. Mi cuerpo aún estaba sensible por el clímax anterior, pero la perspectiva de ser dirigida por él, de que utilizara su voz como un instrumento para desarmarme, encendió una nueva ola de calor entre mis piernas.
Con las manos temblorosas, obedecí. Agarré la tela pesada de mi falda y la deslicé hacia arriba, acomodándola alrededor de mi cintura. La corriente de aire del templo volvió a acariciar mis muslos expuestos, una sensación de desnudez absoluta en medio de la casa de Dios.
Separé las piernas un poco, apoyando la espalda contra la pared lateral del estrecho habitáculo para no caerme, y deslicé mi mano derecha hacia el centro de mi coño, que ya se encontraba hinchado y resbaladizo.
—Despacio, Elena... —la voz de Damián guio mi movimiento—. Solo un roce. Suave. Quiero oír cómo te humedeces pensando en que es mi mano la que está allí abajo.
Llevé la punta de los dedos a mi zona más sensible, moviéndolos en círculos lentos, exasperantes. Un gemido contenido escapó de mi garganta. Estaba tan receptiva que el menor contacto me hacía ver estrellas en la oscuridad.
—Así... —aprobó él, y escuché el sonido rudo de su propia respiración acelerándose—. Imagina mis dedos largos, mis manos grandes sujetándote con fuerza mientras te obligo a recibirme. Imagina el roce de la tela de mi sotana contra tu piel blanca. Piensa en lo limpia que te cree el pueblo mientras te corrompes en mi presencia.
Sus palabras eran un afrodisíaco letal. Describe de manera tan explícita lo que su mente sucia albergaba borrando cualquier rastro de la niña buena que solía ser. Aceleré el ritmo por puro instinto, buscando el alivio de la fricción rápida, pero su voz me detuvo en seco.
—He dicho despacio —gruñó, y la firmeza de su tono me hizo congelar los dedos—. No te des más placer todavía. Aprende a sufrir por tu deseo, Elena. Muérdete los labios, contiene los gemidos. Quiero que te duela la necesidad de mí.
Lágrimas de frustración y excitación nublaron mis ojos. Mantuve el movimiento lento, torturándome a mí misma bajo su estricto escrutinio.
A través de la rejilla, la sombra de Damián parecía devorar todo el espacio. Sentía su mirada fija, letal, grabándose en cada uno de mis movimientos ocultos.
Pasaron los minutos en una agonía deliciosa, un vaivén de caricias contenidas donde mi respiración se mezclaba con sus susurros roncos, estirando la tensión hasta que el aire del confesionario se volvió irrespirable, sellando un pacto clandestino del que jamás podría escapar.







