Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ELENA
La cuerda en mi vientre se tensó al límite, un tirón eléctrico y abrasador que congeló mis músculos. Apreté los párpados con fuerza, hundiéndome los dedos con una desesperación ciega entre las piernas, buscando el golpe definitivo que me hiciera estallar en esa penumbra sagrada.
El roce era rápido, húmedo, un pecado susurrado que ya no tenía freno. Estaba a un milímetro de romperme, con el nombre de Damián quemándome la garganta, lista para dejar escapar el gemido que coronaría mi condenación.
Y entonces, el mundo se detuvo.
Justo antes de caer al vacío del orgasmo, un sonido sordo rasgó el silencio sepulcral de la iglesia. Al otro lado de la rejilla metálica, el piso de madera del compartimento del sacerdote crujió bajo un peso imponente. Me congelé instantáneamente, con la mano atrapada entre mis muslos y el aire atorado en los pulmones. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí el impacto en la punta de los dedos.
No estaba sola.
A través de los pequeños agujeros de la rejilla de hierro, llegó un sonido que me erizó hasta el último vello del cuerpo: una respiración pesada, profunda, un barítono ronco que rompió la oscuridad. El aroma a madera vieja fue devorado de golpe por un olor a incienso fresco, a tabaco limpio y a la masculinidad densa que yo conocería en cualquier parte. Era él.
El pánico me atenazó las entrañas. Intenté retirar la mano, taparme, bajar la falda gris que aún mantenía recogida en mis caderas, pero antes de que pudiera mover un solo músculo, el sonido seco de la madera deslizándose me dejó paralizada. La pequeña portezuela interna de la rejilla se abrió por completo.
La penumbra se disipó apenas un poco, lo suficiente para dejar ver la silueta masiva del Padre Damián al otro lado. No alcanzaba a ver sus facciones con claridad, pero sentía sus ojos negros, afilados como cuchillas, clavados directamente en la sombra donde yo me escondía.
Mi respiración era un silbido asmático, delatando la agitación de mi pecho desnudo bajo la blusa. La humedad entre mis piernas seguía palpitando, reclamando el clímax interrumpido, mezclándose con el terror puro de haber sido descubierta en la peor de las blasfemias.
Esperé el grito. Esperé la reprimenda piadosa, la condena eterna, el desprecio del hombre que el pueblo coronaba como santo. Pero el silencio que siguió fue aún más espeso, roto solo por el compás denso de su respiración.
—Continúa —su voz grave cruzó el hierro, desprovista de cualquier rastro de la parsimonia del altar. Era un susurro rudo, cargado de una vibración tan carnal que me golpeó directamente en el vientre.
—P-padre... —mi voz fue un hilo patético, un ruego ahogado mientras intentaba cerrar las piernas.
—He dicho que no te detengas, Elena —ordenó. El uso de mi nombre de pila, pronunciado con esa firmeza militar, me hizo temblar el reclinatorio—. Confiésame cada uno de tus pecados. Tal y como estabas haciéndolo. Ahora.
La autoridad en su tono actuó como un interruptor letal en mi cerebro. El miedo se fundió instantáneamente con el deseo, transformándose en una sumisión ardiente que me entumeció los sentidos.
Mirando hacia la rejilla, con los ojos abiertos por la incredulidad y las mejillas ardiendo en la oscuridad, volví a deslizar mis dedos temblorosos hacia abajo. Toqué mi carne, que ahora estaba el doble de sensible, hinchada y empapada por la adrenalina.
—M-me estaba tocando... pensando en usted —susurré, obedeciendo la orden, perdiendo la última pizca de cordura mientras dejaba escapar un gemido ahogado al rozar mi centro frente a él—. Pensando en sus manos... en su cuerpo...
—¿Cómo? —la voz de Damián bajó una octava, volviéndose más áspera, más hambrienta. Escuché el roce de la tela basta de su sotana contra la madera al inclinarse más hacia la rejilla—. Dime qué querías que te hiciera, Elena. Detállame tu falta.
—Quería... quería que me desgarrara mi falda —gimé, acelerando el movimiento de mis dedos, espoleada por el sonido de su respiración, que se volvía cada vez más rápida al otro lado—. Que me sujetara de las caderas... fuerte... que me borrara esta mentira de niña buena. Lo veo en el altar y... y solo puedo imaginarlo desnudo, Padre. Desnudo sobre mí.
Un gruñido bajo, casi animal, escapó del pecho de Damián. A través de la rejilla, vi la sombra de su mano grande y venosa apoyarse contra el metal, tensando los dedos como si quisiera arrancar los barrotes que nos separaban.
—Eres una criatura perversa, Elena... —susurró, y su barítono tembló con una tensión peligrosa—. Llevas semanas provocándome desde ese coro, mirándome como si fueras un ángel mientras me condenas al infierno con cada acorde.
—Castígueme entonces... —suplicé, arqueando la espalda, entregada por completo al ritmo salvaje de mi mano, sintiendo que el clímax regresaba con la fuerza de un tsunami—. Por favor, Damián... castígueme.
—Aún no —dictó, y escuché el sonido metálico de su cinturón al abrirse al otro lado, seguido por el roce rudo de la tela—. Vas a terminar de rodillas, mirándome. Quiero oírte romperte en mi confesionario. Mírame, Elena. No cierres los ojos.
Fijé la vista en la rejilla, en la silueta de ese hombre imponente que había colgado la santidad para convertirse en mi verdugo. El placer me golpeó con una violencia devastadora. La combinación de su voz sucia, la prohibición del lugar y la certeza de que me estaba observando en mi estado más impuro desataron el nudo en mi vientre.
Mi cuerpo se tensó por completo, mis caderas se elevaron del reclinatorio y un gemido largo, agudo y quebrado por la sumisión inundó el estrecho cubículo mientras mi intimidad se contraía en oleadas de un orgasmo violento y prolongado.
Apoyé la frente contra la madera, jadeando, con los dedos empapados y el cuerpo temblando como una hoja, completamente corrompida, completamente suya. Al otro lado de la rejilla, la respiración de Damián era un eco pesado, el anuncio de que el juego no había hecho más que empezar.







