Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ELENA
El silencio dominical había recuperado su monotonía rancia, pero para mí, el mundo se había transformado en un escenario de cartón y piedra. Habían pasado dos semanas exactas desde aquella madrugada en el cobertizo del viejo molino. Catorce días desde que la figura masiva de Damián se desvaneciera en la penumbra de la carretera del norte, dejándome atrás con el cuerpo marcado, el alma corrompida y un vacío en el vientre que ninguna oración lograba llenar.
San Judas creía haber ganado la batalla. El anciano párroco titular había regresado de su convalecencia, trayendo consigo el aroma a incienso dulce, sacristía rancia y sermones predecibles que tanto adormecían al pueblo. Para la comunidad, la partida del Padre Damián había sido simplemente el fin de una suplencia ordinaria.
Las sospechas de la señora Marta, al no haber encontrado pruebas físicas aquella noche en el coro, se habían diluido en un rumor sordo, en una desconfianza latente que la anciana aún mantenía viva en sus ojos de lagartija, pero que ya no tenía la fuerza de una acusación pública.
Yo había vuelto a mi rutina. O al menos, eso es lo que ellos creían.
Me encontraba sentada frente al órgano de tubos, ejecutando los acordes finales de la misa mayor de las once. Vestía mi falda gris, pesada y monótona, y una blusa de algodón abotonada estrictamente hasta el cuello. Tenía el cabello castaño chocolate rígidamente trenzado y la mirada baja, fija en las partituras litúrgicas. Lucía, ante los ojos de las beatas que abarrotaban la nave central, como la misma niña buena, huérfana e inocente de siempre.
Pero debajo de esa tela basta y recatada, la realidad era una blasfemia andante.
Con cada pedal que mis pies presionaban para hacer sonar los bajos del instrumento, la madera del banco crujía sutilmente. Ese simple sonido enviaba una descarga eléctrica directo a mi intimidad.
Recordaba la brutalidad de sus embestidas en ese mismo sitio; sentía el eco invisible de sus manos grandes y venosas hundiéndose en mis caderas, y el barítono de su voz sucia dictándome órdenes al oído mientras la linterna de Marta subía las escaleras.
Mi fachada de santa era perfecta, pero por dentro era una criatura completamente reformada por el placer. Damián me había enseñado a necesitar el veneno, y la abstinencia de estas dos semanas me tenía los nervios de punta.
Ya no sentía culpa, ni miedo, ni arrepentimiento; solo una insaciable, enferma y desesperada sed de volver a ser reclamada por mi dueño.
Al terminar el canto final, los fieles comenzaron a desalojar el templo despacio, comentando la homilía del viejo párroco. Me quedé rezagada en el coro, ordenando los papeles con dedos mecánicos, estirando el tiempo para no tener que cruzarme con las miradas chismosas en la plaza.
Escuché el sonido de unos pasos infantiles subiendo la escalera de caracol. Al girarme, vi a Mateo, uno de los monaguillos más jóvenes de la parroquia, que subía sosteniendo su pequeña túnica roja para no tropezar. Traía el rostro colorado por el esfuerzo.
—Señorita Elena... —dijo el niño, deteniéndose junto al teclado, recuperando el aliento—. Un hombre me dio esto en la entrada de la carretera hace un rato. Me dijo que se lo entregara a usted en las manos, y que no se lo enseñara a nadie más. Especialmente a la señora Marta.
Mi corazón dio un vuelco violento, golpeándome las costillas con una fuerza que me cortó la respiración. Extendí la mano con una rigidez que intenté disimular.
—Gracias, Mateo. Ve a cambiarte —alcancé a articular con la voz extrañamente ronca.
El niño asintió y bajó corriendo las escaleras. Me quedé a solas en la penumbra del coro, sosteniendo el objeto. Era un sobre de papel kraft, pesado, sellado con un chorro de lacre rojo sin ningún tipo de escudo o remitente. El simple tacto de la textura áspera me hizo temblar los dedos. Sabía de quién era. Nadie más en el mundo manejaba esa urgencia silenciosa.
Miré hacia abajo, hacia la nave central. La señora Marta estaba en el pasillo, de espaldas, hablando con el sacristán, vigilando la salida como un buitre. Una sonrisa pequeña, cargada de una malicia que jamás habría mostrado en público, dibujó una línea fina en mis labios. Se creían dueños de mi destino, creían haber limpiado la iglesia de la infección, pero el hilo invisible seguía intacto.
Bajé las escaleras con pasos rápidos, esquivando la mirada de la beata mayor, y me deslicé hacia el pasillo lateral, buscando el único rincón donde la oscuridad siempre había sido nuestra aliada: el confesionario viejo y abandonado del fondo del templo.
Entré en el pequeño habitáculo de madera carcomida y cerré la portezuela a mis espaldas, sumiéndome en la negrura absoluta que olía a madera vieja y a cera fina. Con el corazón latiéndome en las sienes, rompí el lacre rojo con las uñas y abrí el sobre.
Mis dedos tocaron algo metálico. Lo saqué a la tenue luz que se filtraba por la rejilla de madera. Era una llave. Una llave moderna, reluciente. Junto a ella, un trozo de papel doblado en dos.
Desdoblé el papel. Ahí estaba. La caligrafía ruda, firme, de trazos gruesos y decididos, una escritura que reflejaba la personalidad del hombre de casi un metro noventa que me había desarmado el cuerpo y la mente. La nota contenía una dirección de un departamento moderno en la gran ciudad de México y una sola frase implacable:
"Tu penitencia aún no ha terminado, nena. Te espero este viernes a la medianoche. No me hagas esperar."
Un escalofrío salvaje, una corriente de fuego líquido me recorrió la espina dorsal, instalándose directamente entre mis piernas, que comenzaron a temblar de pura anticipación.
Sentí que mi intimidad se humedecía al instante, latiendo contra la tela de mi ropa interior con una urgencia que me hizo jadear en la oscuridad del confesionario.
Damián no me había dejado. El monstruo de nuestra adicción seguía vivo, esperándome lejos de las miradas de este pueblo de ignorantes.
Apreté la llave contra mi pecho firme, sintiendo el metal frío clavarse en mi piel a través de la blusa. Mi falda grisácea ya no representaban mi prisión; ahora eran el disfraz definitivo que usaría durante los próximos cinco días antes de abandonarlo todo.
Cerré los ojos, deslicé una de mis manos por debajo de la tela, acariciándome por última vez en ese lugar sagrado mientras recordaba el grosor de su hombría y el sonido de su barítono mandándome a callar. Mordí mi labio inferior para ahogar el gemido de victoria. San Judas se quedaba con su santa de altar; yo me iba al infierno a reclamar a mi dueño.







