Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ELENA
La adrenalina es un veneno amargo, pero cuando se mezcla con el sabor de su simiente y el pánico de la destrucción, se convierte en el elixir más embriagador del mundo.
Mi corazón no latía; golpeaba contra mis costillas con la fuerza de un ariete dispuesto a romperme el pecho. Tenía los dedos entumecidos, rígidos por el frío del miedo y la prisa febril con la que me había abotonado el vestido de seda blanca.
Debajo, sentía el rastro cálido, espeso y explícito de Damián resbalando por mis muslos internos, un recordatorio físico de la profanación que acabábamos de perpetrar en el banco del órgano mientras los pasos de la inquisición subían los peldaños de madera.
La sombra de la linterna de la señora Marta ya recortaba los barrotes de la barandilla del coro cuando la mano grande y venosa de Damián me atrapó de la muñeca. No hubo sutileza. Su agarre militar me jaló hacia la oscuridad del pasillo lateral, justo detrás de los fuelle gigantescos del órgano de tubos.
Había una pequeña puerta de madera carcomida, una salida de emergencia que conectaba directamente con la escalera de caracol interna del campanario y que daba al huerto trasero de la parroquia. Una vía muerta que solo él y el sacristán conocían.
Damián empujó la hoja con el hombro, sin hacer el menor ruido, y me arrastró al interior del hueco de piedra justo en el instante en que el haz de luz blanca de Marta barría el teclado del instrumento.
—¡Aquí no hay nadie! —escuché el grito frustrado de la anciana, su voz chillona resonando a través de la madera del retablo—. Pero huele... Dios mío, este lugar apesta a pecado. Sacristán, busque en los confesionarios, ¡tienen que estar cerca!
Damián cerró la portezuela a nuestras espaldas, echando el cerrojo de hierro con una suavidad pasmosa. Estábamos a oscuras, sumidos en la negrura absoluta de la torre del campanario, descendiendo los escalones de piedra a ciegas, guiados solo por el instinto y por el peso masivo de su cuerpo abriéndome paso.
Mis pies descalzos apenas tocaban el suelo; él prácticamente me llevaba en el aire, sosteniéndome por la cintura con esa fuerza física imponente que me hacía sentir tan diminuta y, a la vez, tan jodidamente invencible.
Salimos al huerto trasero por una trampilla de madera oculta entre las enredaderas de jazmín. El aire de la madrugada nos golpeó la cara, cargado con el olor a tierra mojada de la tormenta que seguía sin romper.
Cruzamos la tapia de piedra de un solo salto; Damián me tomó en vilo, levantándome con sus casi un metro noventa como si yo no pesara nada, y nos dejamos caer del otro lado, en el callejón de tierra abandonado que corría detrás de la plaza.
Corrimos. Corrimos tres calles abajo, lejos de las luces, lejos de las linternas, metiéndonos por los pasajes oscuros de San Judas donde la vegetación de los patios traseros borraba la silueta de las casas. Yo iba conteniendo la respiración, con la seda del vestido enredándose en mis piernas, esperando escuchar los gritos del pueblo detrás de nosotros, la alarma del sacristán, el estallido del fin.
Pero no hubo nada. Solo el silencio de la noche y el sonido de nuestras respiraciones desbocadas.
Nos detuvimos en el cobertizo abandonado del viejo molino de agua, a las afueras del pueblo, un lugar devorado por el olvido y la maleza donde nadie iba desde hacía años. Nos metimos bajo el techo de zinc agachándonos entre las vigas caídas, envueltos por la penumbra protectora de los árboles.
Me apoyé contra una de las columnas de madera, intentando recuperar el aire, sintiendo el pecho subir y bajar de forma asmática bajo el vestido. Damián se colocó frente a mí. Su sotana negra estaba mal abotonada, torcida por la prisa, y su camisa gris seguía abierta, mostrando el vello oscuro de su pecho cubierto de sudor. Tenía la barba de dos días descuidada y el cabello corto revuelto.
Nos miramos en la penumbra. El peligro absoluto había pasado por el grosor de un cabello. Estábamos sucios, proscritos, malditos por la comunidad que se suponía debíamos guiar y respetar.
Y entonces, ocurrió algo que nunca antes había pasado entre nosotros.
Una risa ahogada, pequeña y trémula, escapó de mi garganta. Intenté taparme la boca con las manos, pero el absurdo de la situación, la adrenalina residual y la imagen del imponente y terrorífico Padre Damián huyendo por un campanario con la sotana a medio abrochar me parecieron una comedia deliciosa.
Damián me observó con la mandíbula rígida por un segundo, pero la fijeza de su obsesión se ablandó. Los extremos de sus labios se curvaron hacia arriba, y un sonido rudo, una carcajada baja y profunda, brotó de su pecho.
Se apoyó contra la columna al lado mío, dejando caer la cabeza hacia atrás, riéndose con ganas, liberando toda la tensión que había acumulado durante semanas.
—Si esa vieja nos hubiera visto... —articuló Damián con su barítono quebrado por la risa, una risa limpia, humana, desprovista de la frialdad con la que me dictaba las penitencias—. Dios me perdone, Elena, pero la cara de Marta buscando el pecado con esa linterna va a ser mi mejor recuerdo de esta diócesis de ignorantes.
—¡Estábamos en el banco del órgano, Damián! —le reclamé entre risas, dándole un golpe juguetón en el hombro con mi mano, perdiendo por completo la distancia del respeto clerical—. Me estaba follando tan duro que pensé que el teclado iba a empezar a sonar solo. Si entra un segundo antes, nos encuentra pegados.
—Habría sido un sermón inolvidable para el domingo —respondió él, atrapando mi mano en el aire con sus dedos grandes y venosos, atrayéndome hacia su pecho con una suavidad que me tomó por sorpresa.
Ya no había órdenes. Ya no había sumisión obligada ni castigos. En ese cobertizo abandonado, despojados de la iglesia, de la plaza y de los ojos del pueblo, éramos simplemente nosotros. Damián y Elena. Dos almas corrompidas que habían encontrado su libertad en mitad del sacrilegio.
Me rodeó con sus brazos fuertes, pegando mi espalda contra su torso musculoso, y yo me dejé llevar, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo el calor reconfortante de su cuerpo.
Por primera vez, tuvimos un momento feliz, un oasis de paz fuera de las apariencias y las máscaras de la rectitud. Nos quedamos allí, meciéndonos despacio bajo el techo de zinc, sonriendo en la oscuridad mientras escuchábamos el primer trueno lejano de la tormenta.
Éramos conscientes de que el amanecer traería la separación y que las sospechas en el pueblo se volverían insoportables, pero esa madrugada era nuestra. Nos habíamos burlado del juicio de los hombres, y el sabor de esa victoria nos pertenecería para siempre.







