El tiempo siempre había sido el arma de Adrian Blackwood.
Contratos. Plazos. Fechas de vencimiento.
Todo en su vida se medía en términos de control.
Pero esta vez, el tiempo se le estaba escapando de las manos.
El contrato con Isabella estaba por vencer. Los acuerdos empresariales que habían justificado ese matrimonio frío y calculado ya habían cumplido su propósito. Las conexiones internacionales estaban cerradas. Las acciones de la empresa habían subido. El apellido Blackwood volvía a resonar