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CAPITULO 7; POR LO QUE PASA UN GALGO POR COMERSE ALGO

Sheila

—Amiga, no entiendo cómo es posible que parezca que lo ocurrido con la fea del call center y el jefe no te haya afectado.

—Lizeth, es que hay algo muy extraño; a mí me consta que esa fea no pudo haber tenido algo con Danilo. —Sheila se retocó el maquillaje viéndose al espejo en el baño de mujeres.

—Amiga, es que yo tenía la esperanza de que el CEO hubiera dejado a la esposa para casarte contigo. —Lizeth, se acomodó la camisa para enseñar una buena parte de sus pechos, sin rayar en lo vulgar.

—No, eso nunca estuvo en consideración. La realidad es que don Morales es muy bello y casi perfecto, pero mi deseo era su dinero y no su apellido. Es más, no me sirve que se separe, pues es muy posible que la esposa lo deje en la calle. —Sheila se acomoda la ropa interior que le estaba apretando, al igual que la conciencia.

—Muñeca, yo suponía que lo amabas; me encantaba ser la alcahueta de esa historia de amor, algo extrema. —Lizeth subió un poco su minifalda, calculando el límite de la cadera.

—Yo lo amo con toda mi alma… pero a su dinero; gracias a eso es que he podido pagar mi casa y mis estudios. —Sheila sacudió su hermosa cabellera brillante como rayos del sol.

—Se me olvidaba que eres una zorra que todo lo paga con crédi-cuerpo. —Lizeth sacudió su extensa cabellera negra que le llegaba a la cintura.

—Mira quién habla, la que tiene ordeñado a tu jefe, el contador general. Deberías tener cuidado de mostrar de más; un día de estos puedes matar de un infarto a ese pobre viejo; la otra vez casi se le salen los ojos cuando te agachaste al frente suyo. —La rubia sonrió esperando una furiosa reacción.

—Al menos yo me la gano con más esfuerzo… Es que ha sido muy difícil acostarme con ese vegete que, fuera de feo, es flojo. Siempre me deja iniciada; es el colmo. La última vez me quedé dormida y cuando me despertó le dije que era que me había desmayado de la emoción. —La pelinegra se sentó en un inodoro, sosteniéndose la cabeza con la mano en la mandíbula.

Sheila la levantó y la abrazó diciéndole: —Perdón, amiga, no quise ofenderte, tranquila, que únicamente haremos esto hasta que nos graduemos, aguanta, ya falta poco.

Lizeth también la abrazó sollozando. —Por supuesto, tan solo me quedan dos años, cuatro meses, tres días y nueve horas; es poco tiempo si estuviera con un galán como don Morales; en cambio, con ese viejito es una eternidad.

—Amiga, ten por seguro que algún día recordaremos todas estas penurias a bordo de un lujoso yate, con una botella de champaña francesa, y nos reiremos sin parar. —Sheila la soltó y le limpió las lágrimas.

—Ojalá que así suceda y que estemos todavía jóvenes para disfrutarlo. —Lizeth se fue al espejo a arreglarse el maquillaje.

—o por lo menos con unos hombres guapos, de un promedio de veinte años y que nos cumplan con todos nuestros requerimientos. —Sheila abrió y cerró rápido las piernas.

—Eso sí, pues yo ya estoy cansada de fingir y de decir mentiras para levantar egos; lo que me merezco es que me lleven al cielo. Es que este viejo es abusivo; ¿cómo te parece que me sigue a todo lado? O me llega de sorpresa a la casa o a la universidad; de esa manera me espanta a los otros pretendientes. —La pelinegra se volvió a ajustar el escote.

—Es lógico, él es quien paga los semestres y el que te pagó ese enorme busto y está en la obligación de cuidar sus inversiones, no puede dejar que otro reciba los dividendos; parece que no fueras auxiliar contable. —La rubia dejó de acicalarse; consideró que ya lucía bien.

—Tengo que comprarme un juguete vibrador para que me calme las ganas; estoy demorada para eso. A propósito, ¿por qué supones que ese desperfecto de Angie no tuvo nada que ver con tu Danilo? —La morena también guardó el maquillaje, para salir a la oficina.

Este comentario dejó a Sheila sin aliento, y como un relámpago salió afuera del baño para revisar si no había algún curioso y, al no ver a nadie, cerró la puerta con seguro y arrinconó a su amiga. Con voz de suspenso le expuso: —Amiga, es que yo sé que este señor no estaba en condiciones de cumplirle a una mujer y menos a una como esa. —Ella dio unos pasos atrás apretándose la cara con las manos.

—¿Luego qué sucedió? Por favor, cuéntamelo todo. —La auxiliar del contador abrió la boca por la sorpresa.

—Es que tengo un problema, mejor dicho, un problemita que en nueve meses va a ser un gran dilema. —Sheila agachó la cabeza y esta vez fue ella la que se sentó en el inodoro.

—¡Estás embarazada, qué emoción! —¡Apuesto a que es del CEO! —La amiga saltó de la impresión hasta que se petrificó al notar que ella estaba llorando.

—Obvio que es de Morales, hace mucho que no estoy con nadie más; lo que sucede es que supuse que con ese bebé amarraría a mi jefe y el muy imbécil me obligó a abortarlo. —Sheila le pegó un golpe a una pared y luego colocó la frente contra ese muro.

—Pues no sé qué decirte; por un lado, un niño no amarra a nadie, excepto a la madre, y por el otro, un hijo es una gran responsabilidad. Es que un embarazo no planeado te puede afectar el futuro; tendrás que salirte de estudiar para cuidarlo; sería mejor que le hicieras caso. —La auxiliar contable expresaba su opinión al tiempo que le colocaba la mano en el hombro para consolarla.

—Eso fue lo que me propuso ese estúpido y yo me negué; considero que él tiene el suficiente dinero para que no nos falte nada, por eso yo… —Un ataque de llanto no dejó que Sheila continuara hablando.

—¿Qué hiciste, amiga? Por favor, dime. —Lizeth se movía más por la curiosidad y el morbo que por consolar a su supuesta amiga.

—Esa noche, me quedé con don Morales, tuvimos sexo tomando licor y, en un descuido suyo, le di la pastilla que él me había comprado para abortar. Es que tenía mucha rabia, y estuve casi segura de que eso lo había asesinado. Pues él se puso pálido y se desmayó golpeándose contra el escritorio; de inmediato yo lo revisé y no respiraba ni tenía pulso. Es que, por el susto, estuve a punto de no volver a trabajar; casi me voy a vivir para siempre con una tía que reside en el campo.

Lizeth se quedó petrificada como una estatua; lo único que se le ocurrió decir fue: —Huy, qué áspero, pero a lo hecho, pecho.

Sheila dejó escapar un pensamiento: “No puedo dejar a mi hijo desamparado; si se divorcia, su esposa le quitará todo. No me sirve que mi hijo sea pobre; hubiera sido mejor que él fuera muerto, así podría haber reclamado una herencia sustancial mediante una prueba de ADN”.

Su amiga sonrió arrugando las cejas y vociferó: —Pues aún todavía puedes eliminar a don Morales o conseguir algún millonario, acostarte con él y achacarle la paternidad.

Sheila la miró fijo, con una calma escalofriante. —No necesito otro hombre. Ya tengo un plan.

Lizeth tragó saliva. —¿Qué piensas hacer?

Sheila se levantó, se miró al espejo y sonrió como si nada hubiera pasado. —Voy a asegurarme de que Danilo Morales nunca olvide mi nombre… aunque sea lo último que haga.

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