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CAPITULO 6; LUCHANDO CON LA CENA

ANGIE

—Mi amor, ¿por qué no habías vuelto? Esta soledad me estaba carcomiendo, sentía como termitas en mi corazón. —Yo le susurro encogiéndome en la camilla para que mi adorado CEO me consienta.

—Eres muy dramática, vi a tu mamá con una de tus hermanas cuando llegué. Ella me comentó que se quedaron contigo toda la noche; es que tuve que ir a atender los negocios. Además de que tuve un problema con mi exmujer, que presa de ira me quemó todo mi guardarropa, así que me vi obligado a ir a comprar ropa nueva; como si fuera poco, me echó de la casa y no tengo en dónde quedarme. Por el momento me tocó mudarme a otro cuarto de un amigo mientras consigo algún lado; ya ni siquiera estamos durmiendo en cuartos separados… A propósito, tu mamá me comentó que en tu barrio hay apartamentos con un alquiler muy económico.

—Esos son horribles, es algo que no te mereces, aunque yo viviría contigo hasta debajo de un puente.

—, ¿cómo dices?, no te entendí bien.

—Danilo, que hay malas gentes en ese barrio.

—Angie, tu madre me exige que nos casemos, aunque me comentó que no te gusta ir a la iglesia, pero que ella no quiere una boda en notaría; desde luego que será lo que tú quieras. Lo complicado del asunto es que mi esposa no me quiere firmar los papeles de divorcio, a menos que…

—¿A menos qué?, ¿qué es lo que ella quiere?, ¿por favor dime?

—Bueno, ella teme porque la demandes; por otro lado, tampoco quiere que la señalen, que la vean como una bravucona.

—Descuida, Danilo, mi amor, que yo hago lo que quieras, haré lo que sea por ti.

—Angie, de seguro podríamos hacer algo, solo que a mí lo único que me preocupa es que puedas salir afectada; no quiero que nada malo te vuelva a suceder.

—Amor, yo por ti soy capaz de hacer lo que sea, solo pídemelo. —Solloce con el llanto a punto de escapárseme y con las ilusiones estallándome la piel.

—Pues esperemos que te recuperes y ya cuadraremos el resto. Hablé con los médicos y te van a dar salida; te llevaré a la casa; tu mamá ya me invitó a almorzar. —Danilo me colocó una mano en una mejilla; supuse que me iba a besar, pero rápido se dio la vuelta; supuse que debe de ser muy tímido.

Esas noticias formaron un ring de pelea en mi interior. Me consideré inmensamente afortunada al ser sacada del hospital por mi hombre perfecto, quien canceló toda la cuenta. Luego nos llevó en su hermoso auto; se veía preocupado subiendo por esas lomas; de seguro que ni siquiera sabía que esta parte de la ciudad existía. Entró a casa mientras los vecinos miraban con curiosidad y fue muy caballeroso al cargarme. No faltó el que vino a preguntar por mi salud, aunque todos sabíamos que la verdadera razón era que nunca antes había habido en el barrio un coche tan elegante como el de mi jefe. Incluso Mateo, mi eterno acosador desde el jardín de niños, con el que creía que me tocaría casarme, se decidió por únicamente hablar con una de mis hermanas.

La metida de doña Judith, quien parecía ser omnipresente y que anhelaba ser omnisciente; por lo menos se veía que quería morderse los codos de la envidia. Llegó con sus tres hijas, quienes parecían que se les fuera a partir la cintura, exhibiéndosele a don Morales, mi Morales. Rebuznando de la envidia: —Hola, vecina, ¿cómo están? ¿Es verdad que la niña está esperando bebé? Quién ve el pollo y lo que pica. El papá de la criatura es todo un adonis, se le ve la elegancia y porte, ¿es un galán de televisión?

Mi padrastro se quedó hablando con ellas para evitar que entraran a comer, no porque no les quisiera dar un plato de comida, sino porque temía sus imprudencias y sentía cierto desdén por la minúscula vestimenta de sus hijas. Les decían las afiebradas, ya que en esta loma donde todos andábamos bien abrigados, ellas andaban como si estuvieran en una ciudad a nivel del mar. Alcancé a escuchar que les decía: —Señora Judith, me encantaría que nos acompañaran, pero el médico le recomendó a la niña descanso y de seguro comeremos y nos dormiremos temprano, hasta luego.

—¡Suponemos que ella, la Angie, descansará en los brazos de ese papucho! —escuché que exclamó una de sus hijas, mordiéndose los labios y estirando el cuello para ver a mi hombre cuando entraba en la casa alzándome.

Ese momento fue gratificante; por primera vez sentí envidia por parte de esas señoritas, las que se sentían las inalcanzables, que solo se la pasaban con los choferes de los buses; por eso también les decían las niñas copilotos. Recuerdo que cada semana las esposas de sus pretendientes les iban a hacer escándalos y a romperles los vidrios de las ventanas; por eso mi mamá me tenía prohibido que me juntara con ellas.

Mi jefe me lleva cargada hasta mi lecho. No lo podía creer, estábamos en mi cuarto, donde tantas veces me imaginé tenerlo; al fin mis deseos se estaban haciendo realidad. Lo miré directo a los ojos, sonriéndole, deseando que me llenara de tantas caricias y, en un segundo, la alcoba se llenó con mis hermanos y hermanastros, además de que mi mamá nos llamó a cenar al comedor. No sé la razón, pues siempre comíamos en la sala frente al televisor, quizás debido a que esta era una ocasión especial.

Don Morales se notaba tenso; es como si no quisiera tocar nada por temor a quemarse. Apuesto a que la mesa hecha de tablas le resultaba aberrante frente a la de oro que debería tener en la casa. Cuando al fin se sentó, sucedió que Martina, la gata de la casa, saltó al frente de él, colocándose en el lugar de los platos. Todos nos callamos y él tranquilo la acarició, consintiéndola: —Me pareció ver un lindo gatito.

Después mi mamá sirvió la cena; era mi favorita, sopa de menudencias. Empecé a chupar las patitas, mientras Danilo contemplaba con asombro la comida; era como si tratara de hipnotizar a una cabeza de gallina. Hasta que intentó meter la cuchara y su mano tembló, lanzando la cuchara que le pegó a mi padrastro en la cabeza, quien bromeó: —Al parecer, al pollo del señor le faltó cocinar; aún se encuentra con vida.

Mi mamá se levantó quitándole el plato a Morales, mencionando: —Qué vergüenza con usted, doctor, se nota que no le gusta esto, ya le traigo otra cosita.

—No, es que no tengo hambre, yo comí antes de ir al hospital —contestó don Morales sintiendo vergüenza por el altercado.

Luego llegó mi padrastro con otro plato diciendo: —Mire este, doctor, es el seco, arroz, papas, plátano frito y pollo en salsa, coma con confianza, no le dé pena. —Y le pego tres palmadas en la espalda.

De nuevo los cubiertos bailan en sus manos, probó el arroz y la papa, al pollo le dio la vuelta y sin decir nada se fue al baño corriendo, donde duró encerrado unos minutos.

Mientras lo esperábamos, mi mamá regañaba a mi padrastro: —Usted sí es traído, le sirvió al doctor esa rabadilla tan grasosa; mejor le hubiera dado una pechuga o algo, usted sí es que nunca hace las cosas bien.

Mi padrastro le contestaba alejándose: —No, señora, esa es la presa más deliciosa; lo que ocurre es que estos ricos pira pi pis dedo parado están acostumbrados a comer solo ensaladas con vinos amargos, no toleran la comida de verdad. Tan delicioso que es que la grasa se le escurra a uno por la boca, ¡eso sí que es sabroso!

Después de un largo rato, al fin salió del baño, dijo mirando el reloj: —Qué pena, es que no alcanzo a comer, me toca irme y es que además me siento muy mal. Por favor, me disculpan; otro día volveré con más tiempo.

—Doctor, tranquilo, yo le empaco ese bocado. —Mi mamá le envolvió el plato en papel aluminio y se lo echó en una bolsa.

—Muchas gracias, de pronto mañana vengo. —Se despidió de todos, saliendo a la calle; pude ver cómo se agarró la cabeza gritando sorprendido. —¿Qué le pasó a mi carro? ¿No puede ser, me robaron las cuatro llantas?

El lujoso coche estaba sobre piedras, sin llantas ni farolas, y la alarma empezó a sonar sin parar. Y justo cuando él la desactivó con un curioso llavero, en ese momento, mi hermanastro desde el baño gritó con desespero: —¿Quién tapó el inodoro?

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