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CAPITULO 9; ENTRE CHANZA MI VENGANZA

El plan de Sheila

Sheila salió del baño con la cara inmaculada, como si las lágrimas que había dejado caer minutos atrás no hubieran sido derramadas. Lizeth la seguía, nerviosa, con los ojos fijos en su amiga, que parecía andar de una manera inquietante y segura.

—Sheila, ¿cuál es tu plan? —preguntó en voz baja, con miedo de que alguien lo escuchara.

—Lo que siempre hago —contestó ella, sonriendo fríamente—. Transformar los inconvenientes en oportunidades.

Lizeth tragó saliva. Conocía que Sheila no era una mujer corriente. Poseía esa combinación de hermosura y ambición que era capaz de arruinar a cualquiera que se cruzara en su camino. —Parece que don Morales ha llegado. Ella dedujo al oír sonidos que venían de la oficina principal.

Y efectivamente, Danilo Morales se encontraba en su oficina, observando la lluvia que caía sobre la ciudad a través de la ventana. Su cara mostraba miedo, aunque también cansancio. La situación con su esposa, con la familia de Angie, los negocios en crisis, sus delitos financieros… todo parecía derrumbarse. Se quedó mirando un rincón de la pared imaginando como seria la vida en una carcel.

Hasta que Sheila entró sin autorización. Usaba un vestido ceñido, perfume fuerte y una mirada capaz de penetrar el alma, y lo despertó de su ensimismamiento con el ruido de sus tacos. —Don Morales —dijo con voz suave—, tenemos que hablar.

Sorprendido, él se volvió. —Sheila... creí que después de lo ocurrido no regresarías.

—No soy de las que escapan —dijo ella, acercándose despacio—. Soy de las que confrontan.

Danilo la miró con un sentimiento de deseo y miedo entremezclados. Era consciente de que Sheila era peligrosa, pero a la vez irresistible. —¿Qué deseas? —interrogó, con el propósito de sonar decidido.

—Quiero garantizar que mi hijo tenga un futuro —replicó ella, mirándolo a los ojos—. Y eres tú quien determina ese futuro.

—Nos habíamos puesto de acuerdo en que no lo tendrías, y por eso te adquirí esas pastillas. —Danilo se puso de pie, golpeando el escritorio con la mano.

—No quedamos, tú me estabas forzando. Eso es un crimen; mi cuerpo y mi hijo son míos, y lo tendré. —Sheila alzó la voz para no ceder a la intimidación.

—No, espera, es una decisión muy complicada; piénsalo mejor, yo...

—No, esta vez no seré la secretaria obediente, sino la amante poderosa.

—No puedo, sabes que estoy casado. —Danilo volvió a desplomarse en la silla gerencial, como si no tuviera fuerza su cuerpo.

Con elegancia, Sheila cruzó las piernas y se sentó frente a él. —Lo sé, y también estoy enterado de que tus empresas corren peligro y que tu esposa desea acabar contigo. No obstante, puedo asistirte.

Danilo frunció el entrecejo. —¿Ayudarme? ¿Cómo?

—Con información, con contactos, con lealtad. Tú sabes que soy más que una simple trabajadora. Cuando todos te den la espalda, yo seré la única que esté contigo. —Sheila alzó una ceja y cruzó sus piernas largas y torneadas; él no se opuso a acariciarlas mientras la observaba en silencio. Sheila, aprovechando la pausa, se inclinó hacia delante. —Pero requiero algo a cambio. Requiero que reconozcas a mi hijo.

Danilo se puso de pie de repente, nervioso. —Sheila, no podemos…

—¿Qué? No podemos —lo cortó ella, con voz firme—. ¿No somos capaces de aceptar lo que sucedió? ¿No podemos admitir que este niño es tuyo?

Desesperado, él se pasó la mano por el pelo. —Si mi mujer se da cuenta, me arruina; se me acaba la vida.

—Ya te está estropeando —contestó Sheila—. Y yo puedo ser tu salvación... o tu perdición.

Un sobre fue extraído por Sheila de su cartera. Lo puso en el escritorio y lo desplazó hacia él. —Aquí hay pruebas. Fotos, mensajes, registros. Todo lo que evidencia nuestra relación.

Danilo abrió el sobre y se puso pálido. —¿Cómo conseguiste esto?

—No subestimes a una mujer que se siente desesperada —le contestó ella, sonriendo con frialdad—. Si tú no identificas a mi hijo, estas evidencias serán enviadas a tu esposa, tus compañeros y los medios.

Dejándose caer en la silla, él se sintió vencido. —¿Qué quieres exactamente?

—Quiero seguridad. Quiero dinero. Deseo que mi hijo nazca con un apellido fuerte.

Danilo pestañeó con fuerza. Era consciente de que estaba atrapado; no obstante, le dijo con la voz entrecortada: —Pero sabes que si mi matrimonio termina, me echará a la calle mi suegro y tu hijo quedará sin un padre rico.

Sheila sonrió, se mordió los labios y pronunció: —Eso puede que sea algo complicado; tú sabes que conozco todas tus artimañas y negocios sospechosos.

Danilo tomó aire profundamente y, moviendo los hombros, trató de contrarrestar sus amenazas: —También tengo el problema con esta empleada; es algo que me está estallando en la cara.

—Es difícil, pero también pensé en ello. La solución es sencilla: convence a tu esposa de demandarla y embólate; desvíamos el mayor capital posible de las empresas de tu suegro y escapamos del país. -Sheila se levantó moviendo sus caderas en forma de corazón al revés y caminó lentamente hacia la puerta. Antes de marcharse, dio la vuelta con la cabeza, lo que provocó que su hermosa cabellera volara al viento, y agregó: —Piénselo, ja, ja, ja.

Afuera, Lizeth aguardaba nerviosa. Sheila fue llevada a un café que estaba cerca después de que salió de la oficina, quien la tomó del brazo.

—¿Qué hiciste, amiga? —preguntó Lizeth, con temblor.

—Lo que debía hacer —replicó Sheila, tranquila—. Ahora tengo a Morales bajo mi control.

Con una combinación de admiración y temor, Lizeth la observó. —¿Y si se protege? ¿Y si contraataca?

—No puede —respondió Sheila—. Lo tengo atrapado. Y tú me vas a asistir.

—¿Yo qué? —Su amiga se quedó atónita, mostrando su sorpresa.

—Sí. Te necesito como mi cómplice. Que me mantengas al tanto de todo lo relacionado con la contabilidad y que, si a mí me ocurriera algo, le entregues esto a la policía — Sheila le dio una memoria flash, entrelazando las manos.

Lizeth vaciló, pero finalmente accedió. —Está bien, pero prométeme que no me vas a involucrar si esto se complica.

Sheila sonrió. —Si explota, lo hará con nosotras juntas.

¿Y si ganas?

—Tan tonta, porque siempre te llevaré en la buena; eres mi mejor amiga, casi como una hermana que no tuve. Eres mi gemela mala. Yo soy la uña y tú eres el mugre. —Sheila la empujó con la pelvis y se rió a carcajadas.

—No, señorita, tú eres la gemela mala y el mugre, tú Drácula y yo Igor, yo la cañería y tú...

Lizeth la miró con una sonrisa pícara mientras esperaba que su amiga reflexionara sobre lo que había dicho. Sin embargo, tuvo que esperar porque Sheila sufrió de un súbito ataque de vómito que confirmó que estaba esperando.

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