¡Maldita sea! —susurró Andrés, saliendo de la habitación con el corazón golpeando fuerte en el pecho. No era rabia, era desesperación. Una mezcla venenosa de frustración, confusión y dolor.
Se pasó las manos por el rostro, intentando encontrar algo de calma, pero solo encontró un nudo en la garganta que se negaba a deshacerse y abandonarlo.
Al entrar al comedor, ahí estaban Nicolás, Zoe y Alessia, desayunando como si nada pasara, como si la vida no estuviera hecha pedazos en el interior de él.