La luz del amanecer se filtraba suavemente por las cortinas de lino blanco, tiñendo la habitación de tonos dorados. Andrés abrió los ojos lentamente, dejando que el calor del sol acariciara su piel, pero no fue eso lo que le hizo sonreír. Sobre su pecho, profundamente dormida, descansaba Mariana, con su rostro relajado, la respiración acompasada y una mano extendida sobre su abdomen. Su cabello suelto le cubría parte del rostro, y cada movimiento que hacía al respirar lo llenaba de una ternura