Mariana llegó a la empresa con el rostro serio, la espalda adolorida y el corazón aún más pesado que su cuerpo. El frío de la mañana no ayudaba, pero lo que más la lastimaba era la tristeza que arrastraba desde la noche anterior. A pesar del dolor, caminó con la cabeza en alto. No iba a dejar que nadie notara cuánto le dolía su situación con Andrés.
—Buenos días, amiga —saludó Sofía con una sonrisa cálida, tendiendo un café humeante.
Mariana suspiró, aliviada al ver aquel gesto amable. Tomó el