El reloj del comedor marcaba las 7:02 p.m. cuando Andrés apagó la estufa. Había preparado todo con esmero, quizás como una forma de distraerse del nudo que sentía en el estómago. El aroma de la lasaña recién horneada impregnó el ambiente, mezclado con la fragancia suave de las velas encendidas. Todo lucía acogedor, pero a él le sudaban las manos.
Mariana observaba a su esposo desde el marco de la puerta, sosteniendo en brazos a su pequeño, que dormía tranquilo. Llevaba un vestido sencillo, suel