CAPITULO 37
La oficina estaba en completo silencio, solo el leve sonido de las hojas siendo firmadas y se ompía la calma densa del lugar. La luz del atardecer entraba en líneas doradas a través de las persianas, bañando los muebles oscuros con un resplandor cálido. Andrés se encontraba sentado detrás del gran escritorio de madera, la mirada concentrada y la mandíbula tensa. Su traje impecable no ocultaba el cansancio de sus ojos ni el rencor latente en su pecho.

De pronto, la puerta se abrió lentamente, s
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