Mariana subió lentamente las escaleras con el corazón latiendo con fuerza. Cada paso la acercaba a una verdad que había postergado durante días, y aunque sabía que Nicolás merecía escucharla, el miedo a su reacción la carcomía por dentro. Apretó con fuerza la manija de la puerta y entró en la habitación de su hijo.
—Mi pedacito de cielo... ¿dónde estás? —preguntó Mariana, con su voz temblorosa y con un dejo de nerviosismo mientras escaneaba con la mirada cada rincón del cuarto.
—Aquí, mami —res