El sabor metálico de la sangre fue lo primero que Eva percibió al despertar. No en su boca, sino en su memoria, como un recuerdo que se negaba a disolverse. Abrió los ojos lentamente, encontrándose en la habitación de Lucian. Las sábanas de seda negra contrastaban con su piel pálida, casi traslúcida después de lo sucedido.
Fragmentos de imágenes asaltaron su mente: manos extendidas, gritos ahogados, un poder oscuro emanando de sus dedos. Y sangre, demasiada sangre.
Se incorporó de golpe, con la