A la mañana siguiente, Isabella llamó a Margaret Holloway.
No lo hizo desde la casa. Caminó hasta el pequeño café que estaba dos calles más allá, el mismo al que había empezado a ir cuando necesitaba hacer llamadas que no quería que nadie escuchara en una casa de paredes delgadas y pasillos abiertos. Se sentó junto a la ventana y marcó desde su teléfono personal.
Margaret contestó al segundo timbrazo.
—Me preguntaba cuándo me llamarías —dijo.
Así era Margaret Holloway.
Nunca se sorprendía.
Despu