Mateo estaba en su piso cuando regresaron, sentado en la mesa de la cocina con un tablero de ajedrez montado contra nadie, trabajando en alguna apertura que había leído, una rodilla rebotando como siempre hacía cuando pensaba intensamente, y levantó la vista cuando se abrió la puerta y su rostro cambió antes de que ninguno de los dos dijera una palabra.
—¿Qué? —dijo, poniéndose de pie.
—Nada —dijo Isabella, demasiado rápido, el abrigo todavía puesto, la cajita pequeña un peso en el bolsillo del