Hizo la cita un martes, tres días después de mentirle sobre el pollo, y no se lo dijo a nadie.
Ni a Sofía. Ni a Mateo. Ni a la mujer del teléfono que le preguntó su fecha de nacimiento y su seguro y su contacto de emergencia, al que dio el nombre de Priya, porque Priya era la única persona en quien podía pensar que no haría una sola pregunta que no estuviera lista para responder.
La clínica era blanca y silenciosa y olía a desinfectante de manos y a paciencia. Se sentó en la sala de espera con