Lo llevó durante el fin de semana como una piedra cosida en el forro de su abrigo. Presente en cada bolsillo. Nunca del todo visible. Se sorprendió, dos veces, apoyando la mano baja sobre el vientre sin querer, y retirándola rápido en cuanto lo notaba, como si el gesto mismo pudiera delatarla ante una habitación que no contenía a nadie más que a ella.
Leo vino el sábado con comida para llevar y una película que ninguno de los dos vio, y ella se sentó pegada a su costado en el sofá con el brazo