El olor del café le revolvió el estómago un martes, y se dijo a sí misma que eran los granos.
Lo tiró por el fregadero y se hizo té en su lugar, y se quedó junto a la encimera esperando que se le asentara el estómago, y lo hizo, casi, y se fue a trabajar y lo olvidó para las diez.
Leo había estado en su casa esa mañana, como estaba la mayoría de las mañanas ahora, tranquilo y fácil al respecto, sin quedarse nunca sin que le pidieran y sin irse nunca sin preguntar tampoco. Él había hecho el café