El pueblo no los conocía.
Esa era toda la cuestión. Una mujer barrió su escalón y no levantó la vista. Dos ancianos discutían por un periódico fuera de la panadería y no se detuvieron cuando ella pasó. Sin cámaras. Sin junta. Sin un hombre con traje caro decidiendo lo que se le permitía oír.
Isabella caminó por el centro de la calle principal torcida y sintió cómo sus hombros bajaban de alrededor de sus oídos, una pulgada a la vez, y no notó que habían estado allí hasta que dejaron de estarlo.