La posada tenía una habitación.
El recepcionista lo dijo como una disculpa, ambas manos apoyadas en el mostrador. Un autobús turístico, una boda, todos varados por el mismo puente anegado. Una habitación libre. Una cama. O el coche.
—Nos quedamos con la habitación —dijo Isabella.
Lo dijo rápido, antes de que Leo pudiera abrir la boca y ofrecerle el coche y la superioridad moral y convertir una cama en algo de lo que él la estaba salvando noblemente. Puso las palabras sobre el mostrador como mon