El problema de una vida tranquila era que dejaba espacio para pensar.
Isabella tenía un contrato sobre su escritorio, cuarenta páginas de derecho marítimo que necesitaba traducir para el viernes, y había leído la misma cláusula cuatro veces sin retener ni una palabra. Sus ojos se movían. Nada se quedaba. En algún lugar detrás del derecho marítimo había un acantilado sobre el agua y un hombre diciendo la cosa más verdadera que alguien le había dado nunca, y luego alejándose antes de que ella pud