El éxito de la campaña en el norte no trajo paz, sino un miedo que se propagaba como un incendio forestal por todo el continente. Mientras la Manada del Colmillo de Hielo era asimilada y sus guerreros marcados por el vacío, en el extremo sur, donde el sol todavía se atrevía a brillar, se gestaba la respuesta.
En la ciudadela de mármol de la Manada del Sol naciente, los Alfas de las doce manadas restantes se reunieron en un cónclave de emergencia. Ya no hablaban de política o de territorios; hablaban de supervivencia.
—No es una guerra civil —dijo el Gran Alfa del Sur, un hombre anciano con ojos que habían visto un siglo de batallas—. Es una extinción. Bella no busca gobernar a los lobos; busca erradicarlos para crear algo nuevo. Sus "Susurradores" no son licántropos, son cáscaras vacías movidas por su voluntad. Si no la detenemos en la frontera del río de Cristal, no quedará nada de nuestra estirpe.
Pero mientras el Sur planeaba defensas desesperadas, dentro del círculo íntimo de Bell