El amanecer tras la batalla del Río de Cristal fue amargo. El acero estelar de los cazadores había dejado cicatrices que no cerraban; quemaduras de luz blanca que supuraban oscuridad en el cuerpo de los Susurradores supervivientes. Bella permanecía en la orilla, observando cómo la corriente arrastraba los restos de las armaduras enemigas. Leo estaba sentado a su lado, extrañamente silencioso, acariciando la marca de un virote que había rozado su brazo.
—Mamá, los hilos del Sur se están uniendo —dijo Leo, su voz pequeña perdiéndose en el rugido del agua—. Son muchos. Más de los que podemos contar. Y traen más de ese metal que quema.
Bella apretó los dientes. Sus espías —las sombras que recorrían el viento— le habían confirmado lo peor: las doce manadas del Sur, unidas por el terror, marchaban hacia el río. Pero no venían solos. Habían reclutado a los mercenarios de las Tierras Baldías y a los últimos alquimistas que sabían forjar el acero estelar. Era una cruzada para borrar el eclipse