La atmósfera en la fortaleza del norte era tan pesada que el aire parecía vibrar con una electricidad estática y oscura. Eric de Golden había solicitado una última audiencia con Bella antes de retirar definitivamente sus tropas. El pretexto era un brindis de despedida, un rito antiguo entre Alfas para asegurar que, aunque sus caminos se separaran, la sangre no se derramaría entre ellos de inmediato.
Bella aceptó. Se sentaron en la gran mesa de piedra del salón privado. Sobre la mesa, dos copas de cristal tallado contenían un vino rojo tan oscuro que parecía sangre. Eric, con las manos temblorosas ocultas bajo el mantel, ya había vertido el Veneno Estelar. El líquido plateado se había disuelto sin dejar rastro, pero él sabía que cada gota era una sentencia de muerte para la esencia de la Eclipsada.
—Por los días en que fuimos aliados, Bella —dijo Eric, levantando su copa con una voz que sonaba a madera vieja rompiéndose—. Y por que el destino no nos obligue a encontrarnos en el campo d