El aire en el patio de la Ciudadela se volvió denso, con un olor metálico y antiguo. La Tejedora de Eclipses dio un paso al frente, y la luz que emanaba de su huso de plata comenzó a quemar la niebla violeta de Bella. Eric de Golden y las ancianas retrocedieron, sintiendo que aquel poder ya no era para protegerlos, sino para consumirlos.
—¿Por qué me miras con ese odio, Bella? —preguntó la Tejedora, bajándose la capucha. Su rostro era una versión envejecida y distorsionada de la propia Bella, con las mismas facciones afiladas, pero grabadas en una piel que parecía pergamino muerto—. ¿Crees que tu caída por el acantilado fue un accidente? ¿Crees que tu vacío es una anomalía?
Bella apretó las empuñaduras de sus dagas, sintiendo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
—Fuiste tú —siseó Bella—. Tú moviste los hilos de Lucas. Tú le susurraste a Sofía.
—Yo te creé —sentenció la Tejedora con una sonrisa cruel—. Tu madre fue una Eclipsada que huyó de mí, intentando esconderse en una m