El valle quedó sumergido en un silencio sepulcral tras la retirada de los Alfas heridos. Bella permaneció en la cima de la colina, con Leo en brazos, observando cómo las sombras de los cinco ejércitos se desvanecían en el horizonte. No sentía victoria, solo una fría satisfacción. Eric de Golden se acercó a ella, limpiando su espada de la escarcha negra que la cubría.
—Lo que has hecho hoy se contará durante siglos, Bella —dijo Eric, con una voz cargada de un respeto que rozaba el temor—. Pero el trono de Bosque de Otoño todavía tiene el olor de los traidores. Si no lo reclamas ahora, alguien más intentará sentarse en él.
Bella miró a su hijo. Leo tenía la mirada fija en la mansión que se alzaba a lo lejos, el lugar donde su vida fue robada antes de nacer. El pequeño apretó el puño, y una voluta de humo negro escapó de entre sus dedos.
—No voy a reclamar un trono, Eric —respondió Bella, y su voz cortó el aire como un látigo—. Voy a purgarlo. Jake, trae a los caballos. Entramos en la ma