El Monasterio de las Sombras no era un edificio, era una advertencia tallada en la roca. Sus muros de piedra obsidiana parecían absorber la poca luz de la luna, y el viento que soplaba entre sus torres emitía un lamento constante, como si las almas de los que allí entraban quedaran atrapadas en las grietas de la construcción. Bella se detuvo frente a las puertas de hierro, sintiendo cómo el hilo de plata que la conectaba con su hijo vibraba con una intensidad dolorosa. Estaba cerca. Tan cerca que podía sentir el frío que rodeaba el corazón del pequeño.
—¿Quién se atreve a perturbar el silencio del Valle de los Lamentos? —una voz incorpórea, que parecía venir de todas partes y de ninguna, resonó en el aire.
De las sombras de las gárgolas descendieron dos figuras. No caminaban; flotaban a pocos centímetros del suelo. Vestían túnicas de un gris ceniciento que se fundían con la niebla, y donde debería estar su rostro, solo había una superficie de piel lisa, sin ojos, sin nariz, sin boca.