El viaje de regreso desde el Monasterio de las Sombras no fue un regreso, fue una procesión fúnebre para todos aquellos que alguna vez se atrevieron a escupir sobre el nombre de Bella. El niño, a quien ella decidió llamar Leo —un nombre que significaba fuerza y que el pequeño aceptó con un apretón de su manita negra sobre el brazo de su madre—, no era un fardo que cargar. Era una extensión de su propio poder.
Mientras cabalgaban por la Senda de los Huesos, el aire alrededor de ellos se volvía tan denso que los pájaros caían de los árboles, asfixiados por la presión del vacío. Jake, que cabalgaba unos pasos atrás, apenas podía sostener la mirada. Ver a Bella con el niño en brazos era ver a una deidad de la muerte protegiendo a su heredero.
—Mamá —susurró Leo, su voz todavía con ese eco sobrenatural—. Siento a mucha gente adelante. Tienen miedo. Huelen a podrido, como los monjes.
Bella acarició el cabello azabache de su hijo, sus ojos fijos en la línea del horizonte donde el bosque empe